jueves, 20 de febrero de 2020

Fragmento del texto: Introducción del gran Otro. En: Lacan, J. (1983). El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica. Buenos Aires: Paidós, p. 356.

Le hice la pregunta a un eminente filósofo, uno de los que vinieron este año a darnos una conferencia. El se ha ocupado mucho de la historia de las ciencias, y formuló sobre el newtonismo las reflexiones más pertinentes y profundas que pueda haber. Cuando nos dirigimos a personas que parecen especialistas, siempre nos decepcionamos, pero verán que yo no me decepcioné en realidad. La pregunta no pareció presentarle demasiadas dificultades. Me contestó: Porque no tienen boca. 
En primera instancia, me decepcioné un poco. Siempre que uno se decepciona, está equivocado. Nunca hay que decepcionarse de las respuestas que se reciben, porque si uno se decepciona, estupendo, prueba de que fue una verdadera respuesta, es decir, aquello que precisamente no esperábamos. 

Comentario: 

En su Seminario sobre el yo, Lacan cuenta que le hizo a un eminente filósofo —se sabe que se trataba de Alexandre Kojève— la siguiente pregunta: “¿por qué no hablan los planetas?”. La respuesta que recibió fue: “Porque no tienen boca”. 

Dice que al principio la respuesta lo decepcionó, pero que luego se percató de que nunca hay que decepcionarse de una respuesta, menos de aquella que no se espera, porque esa es justamente una verdadera respuesta. 

La respuesta de Kojève pone de manifiesto la pregunta acerca de las leyes que rigen la naturaleza. Como afirma Vappereau, no hay leyes en la naturaleza. Lo que solemos asumir como tal son leyes simbólicas, fórmulas matemáticas que intentan hacer hablar lo que no tiene boca pero acontece y, por tanto, nos llama a su lectura. 

Pero imaginemos por un segundo que los planetas sí tuviesen boca e hicieran parte del universo simbólico en el que nosotros habitamos. ¿Estarían tranquilos con lo que decimos y escribimos sobre ellos? Parece muy fácil la exactitud cuando aquello que se estudia guarda silencio sobre los juicios que hacemos sobre sí, basados en las descripciones que traducimos en leyes simbólicas, rigurosas, por su puesto, pero que a pesar de predecir nunca responderán de manera definitiva las preguntas relativas al origen, el fin o lo que algo es. 

Piensen en nuestro amigo Plutón, al que vemos en la foto que dejo más abajo. Después de mucho tiempo de ostentar el lugar de noveno planeta del Sistema Solar, en 2006 recibió un golpe letal al perder ese estatuto a partir de la redefinición que se hizo de lo que, según nuestras leyes simbólicas, debería ser un planeta. 

Imaginen a Plutón preguntándose ¿qué quiere el Otro de mí? ¿Qué he hecho para merecer esto? Imagínenlo demandando a Mike Brown, uno de los principales responsables de su “caída”. Imagínenlo reclamando sus derechos. Imagínense que intenta, con el lenguaje, colmar el sinsentido constituyente de su falta en ser.

Bueno, ocurre que nuestra clínica acontece con quiénes tienen boca. Así que suponer que puede tratárseles como a planetas, sometiéndolos a nuestras definiciones de un “deber ser” o reduciéndolos a datos estadísticos resulta cuando menos ingenuo. 

A diferencia de los planetas ellos se saben hablantes. Y su mayor imposibilidad no radica en su falta de saber, pues esa es la fuente de sus posibilidades de invención, sino en que buena parte de las veces no saben cómo soportar lo que saben y cómo hacer con ello.

John James Gómez G.





martes, 21 de enero de 2020

Fragmento del texto: El deseo y su interpretación. : Lacan, J. (2014). El Seminario, Libro 6. (1958-1959). Buenos Aires: Editorial Paidós, p. 307.  


"Tengo una teoría incorporal del análisis." 

Comentario:

Uno de los mayores problemas con el concepto de "lo inconsciente" en psicoanálisis, está en la concepción corporalista que se sigue teniendo de él, es decir, anclada en los principios de la lógica y la física aristotélica y cartesiana sobre el espacio. Se le busca en alguna parte a nivel imaginario, es decir, referente a la physis: dentro de alguien, fuera de alguien, entre uno y otro, pero, en suma, en algún lugar susceptible de ser ubicado en un espacio que podríamos captar de alguna manera sensible, aunque sea por el oído. Y es mejor no caer en la ilusión de suponer que no creer que ese lugar en que es buscado es el cerebro, eximiría a alguien de estar situado en un punto de vista igual de corporalista. El solo suponer que estaría en algún lugar donde podría ir a buscársele, cualquiera que sea, es un supuesto igual de naturalista, es decir, místico, que el del neurocientífico que cree poder hallar la mente en el cerebro, o en el espacio de las teorías que acontecen entre dos individuos acerca de lo que pasaría en el pensamiento del otro. 

Ese punto de vista implica una imposibilidad para asumir lo inconsciente desde la teoría incorporal del análisis planteada por Lacan, es decir, fundada en la lógica y la física del estoicismo antiguo. No comprender este punto en particular, lleva a no poder situar lo inconsciente como causa perdida y a suponer que se le puede hallar en alguna parte, por lo tanto, se le busca,  se le espera, se le quiere provocar, pero, finalmente, no se le encuentra en ninguna parte salvo, por supuesto, en las fantasías de algunos analistas y analizantes. Es precisamente porque actúa como falta que solo puede salir al encuentro, no como cuerpo, no como algo en un espacio, sino como incorporal del cual solo puede reconocerse una marca de lo que ya está desvanecido hasta perder todas sus propiedades representables. Sin duda, pensar algo como esto es difícil pues dependemos en general de las esperanzas en hallar siempre representaciones o, por lo menos, buscar algo con que representar lo irrepresentable; probablemente de allí la relevancia que Lacan daba al modo en que los matemáticos intentan escribir lo irrepresentable sabiendo que siempre se toparán con lo imposible y aún así tendrán que escribir alguna solución, no-toda. 

Y, dado que lo inconsciente, lo incorporal, es irrepresentable, cada vez que ello se pone en juego resulta más fácil taponarlo con una representación que inventar algo qué hacer con lo que allí no tiene cuerpo. Es por eso que el conocimiento no sirve para tratar lo inconsciente, pues no hay conocimiento más que de lo que tiene cuerpo, imaginario o simbólico, pues eso a lo que algunos psicoanalistas suelen llamar "cuerpo real", no es ya un cuerpo, sino un incorporal, es decir, lo que queda como resto, como pérdida de la fusión entre dos cuerpos. 

John James Gómez G. 

martes, 5 de noviembre de 2019

La pulsión: involución de un perímetro. Relectura de puntuaciones lacanianas.


Comparto con ustedes este texto publicado en elSigma.com, que corresponde a un comentario sobre la clase del Seminario de Lacan dictada el 6 de mayo de 1964, la cual, en la versión de Paidós, se tituló: "Desmontaje de la pulsión".

A continuación la presentación y el enlace al texto completo. 

A través de un recorrido preciso y novedoso, el autor aborda un punto clave de la práctica clínica al situar la pulsión en el campo topológico: “No hay que perder de vista esa referencia al ‘perímetro que involuciona’, pues un perímetro indica el conjunto de bordes, de líneas, que conforman el contorno de una superficie. Como se verá, esto tiene mucho que ver con lo que desarrollará en cuanto a la pulsión, mientras habla de ella haciendo una lectura topológica de los textos de Freud.” Y su relevancia en el recorrido de un análisis: “El estatuto que Lacan da a la pulsión en este texto es la de aquello que brinda a nuestra práctica su peso clínico, se trata de algo que está profundamente integrado a nuestra experiencia. Esto quiere decir, a mi juicio, que es porque hay pulsión que existe un campo freudiano y por él un cuerpo que no es solo organismo, así como un sujeto que no es del pensamiento, aunque sí de una razón, pues vale la pena recordar que el inconsciente no es lo irracional.” 



viernes, 13 de septiembre de 2019


Fragmento del texto: Discurso en la Escuela Freudiana de Pareiz. Lacan, J. (2012). En: Otros Escritos. Buenos Aires: Paidós, pág. 290. [Primera parte del comentario]

Es en este sentido que el atributo de no psicoanalista es el garante del psicoanálisis, y que yo anhelo en efecto que haya no analistas, que se distinguen en todo caso de los psicoanalistas actuales, que pagan su estatus con el olvido del acto que lo funda.

Comentario:

Tal vez uno de los olvidos más llamativos entre quienes practicamos el psicoanálisis es, como indicó Lacan, que es el atributo de no psicoanalista el garante del psicoanálisis. Esto quiere decir que no es porque haya personas que se hacen llamar psicoanalistas que el psicoanálisis puede sostenerse como acto, sino porque hay analizantes. Es dede ese lugar que puede hacerse existir esa función a la que llamamos “psicoanalista”, que no tiene nada que ver con la identificación imaginaria que puede llevar a suponer que alguien la encarna como si se tratara de una profesión o de un emblema de distinción.

Y es que resulta necesario tener en cuenta que al hablar de la práctica psicoanalítica se hace referencia, en primer lugar, a alguien que se aboca a la práctica de la palabra buscando saber de y desde lo inconsciente. Ello implica reconocer que a quien se refiere esa práctica es, ante todo, al analizante, no al psicoanalista, éste últimpo, por supuesto, sin lo que tampoco existiría un psicoanálisis. Por eso Lacan afirmaba que no hay predicado del analista, pues la formulación “yo analizo” nos pone de inmediato en la posición activa de analizantes. Entonces, decir "yo soy analista", opera como ilusión de ser para que, al ser dicho en alguna parte, se abra lugar a la posibilidad de que quien sufre hable y analice sus dichos para reencontrase en el decir, deviniendo, así, analizante. 

Esa es una de las razones por las cuales, a mi juicio, resulta necesario interrogarnos sobre la comodidad desde la que a veces hablamos cuando creemos saber algo sobre el psicoanálisis, suponiéndonos psicoanalistas. Esa comodidad puede llevar a tanto como el desprecio por los otros que no hablan nuestra lengua “correctamente”. Como si fuésemos griegos en la Antigüedad, les juzgamos como a bárbaros que no saben lo que dicen por hablar mal la lengua helénica. No obstante, hablar mal, decir boludeces, es la primera condición para que exista el acto analítico. Nada más lejano del psicoanálisis, por tanto, que dejarse llevar por la ferocidad del superyó cada vez que consideramos que alguien se equivoca. ¿No es el equívoco la puerta de entrada por excelencia a un saber posible sobre lo inconsciente? No habrá de resultarnos extraño, pues, que buena parte de la responsabilidad del odio hacia el psicoanálisis que pulula en nuestro tiempo pueda corresponder a los psicoanalistas.  

John James Gómez G.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Fragmento del texto: El psicoanálisis y su enseñanza. Lacan, J. (2008). En: Escritos 1. Argentina: Siglo Veintiuno Editores, 2ª ed., pág. 147. [Segunda parte del comentario]


El hecho de llenarse la boca con la palabra “científico”, y aun con la palabra “biológico”, que están, como todas las palabras, al alcance de todas las bocas, no les hace ganar un solo punto más en ese camino, ni siquiera a los ojos de los psiquiatras, a quienes su fuero interno no deja de avisarles sobre el alcance del uso que hacen ellos mismos de estas palabras en gestiones igualmente inciertas.


Comentario:

A fin de sostener las pretensiones científicas en su sentido más arcaico, abundan las falacias técnicas y clínicas cuando se trata del estudio de ese enigmático objeto denominado psykhé, el cual parece quemar las manos de quien se atreve a indagarlo, evitando que alguien logre asirlo de manera certera. Algunas de esas falacias consisten en sostener la equivalencia deliberada e injustificada entre fenómenos biológicos y fenómenos psíquicos. 

Para nombrar solo algunos ejemplos de ello, consideremos la confusión que se produce cuando se toman las imágenes resultantes del escaneo cerebral durante el dormir y se usan como explicación de la actividad del soñar. Se trata de dos cosas, que aunque guardan relación, no son equivalentes. La primera se trata de la traducción que una máquina hace, en imágenes, de los procesos electroquímicos del cerebro. La segunda, de la traducción que una persona puede hacer de las imágenes con que sueña, en palabras que dan cuenta del contenido y el sentido de sus sueños. Resulta innegable que existe una actividad cerebral necesaria para que podamos soñar. La falacia está en suponer que la actividad cerebral explica el contenido con el que cada cual, de acuerdo con su experiencia, sueña. Por esa vía se aplasta la subjetividad con el peso de las imágenes producidas por una máquina que opera con ondas electromagnéticas y que está imposibilitada para dar cuenta del sentido subjetivo del sueño. 

Otro ejemplo lo encontramos en los saltos, inexplicables, que se dan alegremente desde las formas en que se manifiestan ciertas lógicas culturales hasta las interpretaciones que explican esas lógicas por vía de la transmisión genética. Investigaciones de ese estilo abundan; pueden constatarlo. En ocasiones, hay quienes llegan a tanto como sostener que las diferencias en el acceso que un hombre y una mujer tienen a ciertos goces y a ciertos ámbitos, por ejemplo, laborales, dependen de las condiciones biológicas de cada uno, lo que haría que algunas labores sean "antinaturales" y otras "connaturales" para unos u otros. Entonces, se confunde la transmisión cultural con la transmisión genética, y se le justifica con el uso irresponsable que algunos “eminentes científicos” hacen de la estadística. Que un fenómeno aparezca estadísticamente asociado a otro con cierta frecuencia, no implica una causalidad biológica; dicho de otra manera, las relaciones significativas a nivel estadístico no son marcadores genéticos. No obstante, siempre hay quien, en un acto de fe ciega, se entregue a la defensa de estas y otras falacias. 

John James Gómez G.  

viernes, 30 de agosto de 2019



Fragmento del texto: El psicoanálisis y su enseñanza. Lacan, J. (2008). En: Escritos 1. Argentina: Siglo Veintiuno Editores, 2ª ed., pág. 147. [Primera parte del comentario]


El hecho de llenarse la boca con la palabra “científico”, y aun con la palabra “biológico”, que están, como todas las palabras, al alcance de todas las bocas, no les hace ganar un solo punto más en ese camino, ni siquiera a los ojos de los psiquiatras, a quienes su fuero interno no deja de avisarles sobre el alcance del uso que hacen ellos mismos de estas palabras en gestiones igualmente inciertas.


Comentario:

Probablemente para ustedes, como para mí, no sea extraño escuchar la convicción con la que en ocasiones hay quienes creen estar haciendo “verdadera ciencia” cuando usan la palabra “mente”. Se la asocia con el cerebro, como si en él estubiese ubicado efectivamente su lugar de residencia. Se la opone además a la "poco científica" palabra “alma”, por considerar que ésta última se refiere a algo místico que solo existe en las palabras de los creyentes y por lo cual no amerita el menor interés cuando se hace “veradera ciencia”. 

Por tanto, suponer que dejar de hablar del vocablo “psique” en tanto que “alma” para hablar en su lugar de la palabra “mente”, aparentando una supuesta cientificidad necesaria, se ha convertido en el caballito de batalla de los operadores de buena parte del conjunto de las terapias “psi”; especialmente aquellas que buscan, a como dé lugar, hacerse pasar por científicas buscando encontrar palabras en los cerebros. 

Al respecto habría que decir, en primer lugar, que no existe diferencia alguna entre alma y mente en cuanto a su materialidad. ¿Qué nos autoriza a suponer que la mente es menos abstracta que la palabra alma o que su materialida es biológica a diferencia de la materialidad del lenguaje en la que se soporta la palabra alma? Nada. Ambas son palabras. Su única materialidad es la que el lenguaje les confiere por hacerlas existir en los intercambios significantes entre los seres hablantes. Tratar de encontrarlas en el cerebro resulta inevitablemente infructuoso.

Eso no ha evitado que en un afán de cientificismo se produzcan algunas falacias epistemológicas. Por ejemplo, la de hacer equivaler las operaciones nerviosas, los intercambios electroquímicos de las neuronas y las imágenes producidias por los servomecanismos que escanean la actividad cerebral, a lo psíquico. Incluso se habla de “psicofármacos”, lo cual no deja de ser un modo engañoso de hablar, en realidad, de “neurofármacos”, pues sus efectos operan directamente sobre la actividad electroquímica del sistema nervioso y no sobre la vida psíquica. Si algún medicamento mereciese el calificativo “psicofármaco”, tal vez serían los placebos que producen efectos subjetivos a partir de las creencias sostenidas en la materialidad del significante. 

Lo que resulta necesario aclarar, entonces, es que el cerebro y la vida psíquica no son la misma cosa y que lo segundo es irreductible a lo primero a pesar de que sea uno de sus soportes, por lo cual, su tratamiento requiere poner en juego la materialidad que le es propia y que no se reduce a la química cerebral en tanto que se trata, sobre todo, de los efectos del lenguaje sobre un cuerpo que no es puramente biológico. 

John James Gómez G. 

sábado, 25 de mayo de 2019

La idiotez. Uno de los efectos de los “psico”diagnósticos

A veces durante las clases con estudiantes de la carrera de psicología, surge la pregunta de si acaso con el psicoanálisis pueden tratarse “enfermedades” como el síndrome de down. Para mí, la respuesta es simple y no dudo en darla: NO. A continuación pregunto a los estudiantes, "¿por qué habría de tratarse el síndrome de down?" La mayoría repiten, muy aplicados, lo que se les ha enseñado y describen una serie de “síntomas” que hacen parecer que el efecto subjetivo de la alteración biológica del síndrome de down es la idiotez. A mi juicio, ese es justamente el problema; se confunde la biología con la subjetividad y se cree que se requiere un tratamiento; por tanto se demanda que se produzca un idiota a quien tratar. 

La cuestión es que uno de los efectos de los diagnósticos es remitir a la idea de "anormalidad". Entonces, nombramos esa diferencia con significantes que demandan del otro a quien consideramos anormal que se comporte como tal, a veces, como un idiota. El otro, que para efectivizarse como sujeto se plantea siempre la pregunta “¿qué quiere el Otro de mí?”, responde consencuentemente a esa demanda. 

Sin duda, el síndrome de down es una diferencia genética, pero quienes hacemos de esa diferencia una forma de "idiotez subjetiva" somos principalmente nosotros, al demandar a quienes   nacen con ese rasgo que respondan haciendo de su diferencia una anormalidad a la medida de las características coincidentes con un diagnóstico que, al mismo tiempo, se quiere hacer existir como "psico"diagnóstico.

¿Qué se le dice a los padres de un niño con sidrome de down? Que no tiene cura. Y bueno, es cierto. No tiene cura la variación genética, pero la subjetividad no tiene por qué ser curada, sino efectuada, convocada. Es en ese punto en el que solemos equivocarnos. Depende en buena parte del deseo con el que convocamos a esa efectivización, para que la respuesta no sea la idiotez que, en tal caso, no es otra cosa que el reflejo especular de nuestra propia idiotez. 

Así que para mostrarles cómo es que esta confusión entre biología y subjetividad puede subvertirse, les brindo como ejemplo a Pablo Pineda. Vean la entrevista que les dejo enlazada. Encontrarán que si acaso habría que tratar algo en él, sería exactamente lo mismo que en cualquier otro que acude a un psicoanalista: sus malestares subjetivos. Verán también que la mujer que lo trajo al mundo no habla más que del deseo con el que lo convocó a hacerse un sujeto deseante, y no a convertirse en la confirmación de la moral medicalista, biologicista, desde la que a veces confunde la diferencia con la anormalidad. 

John James Gómez G. 



Canal Sur
Emisión: 23/2/19 Documental que reconstruye la trayectoria del joven actor malagueño Pablo Pineda, galardonado con la Medalla de Andalucía.

¡Qué poca humanidad hay a veces en ese “gran espíritu científico”!

 “Se abre paso la vida con la misma terquedad con la que una plantita minúscula es capaz de rajar el suelo de hormigón para sacar la cabeza....