viernes, 18 de mayo de 2018

Fragmento y comentario del texto: 9ª conferencia. La censura onírica. En: Freud, S. (1915). Conferencias de Introducción al psicoanálisis. Obras completas, vol. XV, 1984, p. 134. [Tercera parte del comentario]

Con este comentario entramos en receso hasta la primera semana de agosto. 

"…aparten la mirada de lo individual y contemplen la gran guerra que sigue asolando a Europa, piensen en la brutalidad, la crueldad y la mendacidad de que es pasto el mundo civilizado. ¿Creen realmente que un puñado de ambiciosos y farsantes inmorales habrían logrado desencadenar todos esos malos espíritus si los millones de seguidores no fueran sus cómplices? ¿Osan en estas circunstancias romper lanzas para sustentar la ausencia de maldad en la constitución anímica del hombre?"

Comentario:

Esa diferencia entre lo natural y lo constituyente a la que me referí en el comentario anterior, fue uno de los hallazgos más notables de la clínica freudiana. El odio, la sevicia, la ira, no están presentes cuando reina el principio del placer. Se requiere de la pulsión que se introduce por la incorporación del organismo viviente en el lenguaje, para que el Más allá del principio del placer haga su aparición. Es cierto que Freud, atado a las exigencias positivistas de su época, intentó hallar una explicación biológica para ello. Fue Lacan, entonces, quien dio su justo lugar a las consecuencias de la pérdida estructurante, incómoda, al punto de lo insoportable para algunos, que el narcisismo busca eliminar, buena parte de las veces, en los otros, cuando no en la otredad que habita en sí mismo.

La guerra, por tanto, no es cosa de animales ni las pulsiones son “bajos instintos”. No se trata de expresiones de “nuestra parte más animal”. ¡Menuda injusticia con los animales! Ellos no matan por odio o por diversión! Por el contrario, la guerra, la sevicia, el odio, la ira, son expresiones de lo que nos es más propio; lejos están nuestras tendencias mortíferas del equilibrio que rige a la naturaleza. Así, lo que llamamos progreso, suele terminar convertido en un mal chiste, cuando no en una obra siniestra.

Nos esforzamos en sostener los ideales narcisistas; es decir, en eliminar la otredad y la diferencia. Y por esa vía, la pulsión se satisface. Lo hace, incluso, mientras nos destruimos a nosotros mismos, como bien lo hizo notar Freud en su texto El problema económico del masoquismo, cuando afirmó que “ni aun la autodestrucción de la persona puede producirse sin satisfacción libidinosa.” (1924, p. 176)[1].

Se revela así que el odio puede unir más que el amor y que, en tales circunstancias, incluso el amor, como expresión narcisista, puede ser una potente motivación para la destrucción. El patriotismo en cualquiera de sus variantes es ejemplo de ello, pero también las tragedias amorosas que van desde el suicidio hasta el feminicidio, no pocas veces, en nombre del amor. Lo asombroso no es, pues, que el horror nos asalte, sino que encontremos el modo de inventar cómo saber hacer con ello y sostener un lazo que no sea mortífero; todavía más, en un mundo que ve virtudes en las competencias y riqueza en la acumulación inútil.

John James Gómez G.


[1] Freud, S. (1924). El problema económico del masoquismo. En: Obras Completas, vol. XIX. Buenos Aires: Amorrortu Editores. 1984.

lunes, 7 de mayo de 2018

QUÉ ES LA PERVERSIÓN / GABRIEL LOMBARDI

Hoy comparto con ustedes un video corto, en el cual el psicoanalista argentino Gabriel Lombardi plantea algunas reflexiones en torno a preguntas sobre la perversión. 

Gabriel Lomardi es miembro del Foro Analítico del Río de la Plata y de la Internacional de Foros del Campo Lacaniano. Algunos de sus libros: Clínica y lógica de la autorreferencia (Letra Viva), El método clínico en la perspectiva analítica (Paidós), La libertad en psicoanálisis (Paidós), entre otros.

¡Qué la disfruten! 


jueves, 3 de mayo de 2018

Fragmento y comentario del texto: 9ª conferencia. La censura onírica. En: Freud, S. (1915). Conferencias de Introducción al psicoanálisis. Obras completas, vol. XV, 1984, p. 134. [Segunda parte del comentario]

"…aparten la mirada de lo individual y contemplen la gran guerra que sigue asolando a Europa, piensen en la brutalidad, la crueldad y la mendacidad de que es pasto el mundo civilizado. ¿Creen realmente que un puñado de ambiciosos y farsantes inmorales habrían logrado desencadenar todos esos malos espíritus si los millones de seguidores no fueran sus cómplices? ¿Osan en estas circunstancias romper lanzas para sustentar la ausencia de maldad en la constitución anímica del hombre?"

Comentario:

No hay tal cosa como un humano “bueno por naturaleza”. La bondad y la maldad nada tienen que ver con lo natural. Suponer que un animal es malo porque asesina a otro, corresponde a nuestra propia inquietud moral, impuesta a todo lo demás, incluso a los seres inanimados; ejemplo de ello es cuando se profieren afirmaciones como: “las armas son malas”. El fantaseo en relación con los objetos llega a tanto como atribuirles intenciones y, con ellas, implícitamente, cualidades psíquicas. Nos esforzamos en hacer el mundo a nuestra imagen y semejanza, es decir, de acuerdo con nuestros fantasmas.

Entonces, afirmar que el hombre es “malo por naturaleza” sería también una falacia. Es por ello que reconocer las diferencias entre lo natural y lo constituyente es un asunto necesario. Fue una de las tareas emprendidas por Freud; no muy bien lograda, por cierto, pues, como lo recuerda Lacan, estaba enfrentado al ideal de discurso científico de su época:

Leamos los textos; sigamos el pensamiento de Freud en esos rodeos que nos impone y de los que no debemos olvidar que, deplorándolos él mismo por comparación con un ideal del discurso científico, afirma que se vio obligado a ellos por su objeto. (Lacan, 2009, p. 591)[1]

La pulsión es constituyente, pero no es natural. Tampoco lo son sus modos paradójicos de satisfacción. No se trata de algún cromosoma oculto en el genoma humano que aportaría unas siniestras tendencias destructivas al parlêttre. Esas tendencias poco tienen que ver con el principio del placer, natural, que gobierna en el mundo animal no humano. La aspiración a la armonía, por tanto, representa la expresión del fantaseo con un estado anterior y desconocido. No tiene que extrañarnos, así, esa nostalgia por el pasado que aparece en cada generación, amparada en la creencia de que “ahora se han perdido los valores”. Esto lo vemos aparecer incluso entre algunos psicoanalistas que han hecho de la función del padre su propia expresión nostálgica y que no paran de hablar de su “declinación”, desconociendo que, precisamente, si algo ha mostrado la práctica analítica es que, cualquiera sea la posición del sujeto, el padre siempre cumple su función sólo a condición de cojear, de estar de algún modo declinado. Claro, algunos podrían replicar diciendo algo como: “pero de todas maneras antes la función del padre era más clara o más efectiva”. De nuevo se revelaría la nostalgia por el pasado, la añoranza de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Intentaremos avanzar un poco más en el comentario siguiente.

John James Gómez G.




[1] Lacan, J. (2009). La dirección de la cura y sus principios de su poder. (1958). En: Escritos 2. (pp. 559-611). Argentina: Siglo Veintiuno Editores, 3ª ed.

lunes, 30 de abril de 2018

La diferencia de los sexos según Lacan. David Bernard.

Hoy comparto con ustedes una muy interesante conferencia titulada La diferencia de los sexos según Lacan, dictada por David Bernard, el 27 de abril de 2018, en el marco del Seminario de las Diagonales Epistémicas, Elecciones Sexuales, de la IF-Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano, Foro Pereira, en cooperación con la Universidad Católica de Pereira.

David Bernard es Psicoanalista, AME de la Escuela de los Foros del Campo Lacaniano. Doctor en Psicopatología. Maestro de Conferencias en la Universidad de Rennés 2, Francia. 

¡Qué la disfruten!


martes, 24 de abril de 2018

Fragmento y comentario del texto: 9ª conferencia. La censura onírica. En: Freud, S. (1915). Conferencias de Introducción al psicoanálisis. Obras completas, vol. XV, 1984, p. 134. [Primera parte del comentario]

"…aparten la mirada de lo individual y contemplen la gran guerra que sigue asolando a Europa, piensen en la brutalidad, la crueldad y la mendacidad de que es pasto el mundo civilizado. ¿Creen realmente que un puñado de ambiciosos y farsantes inmorales habrían logrado desencadenar todos esos malos espíritus si los millones de seguidores no fueran sus cómplices? ¿Osan en estas circunstancias romper lanzas para sustentar la ausencia de maldad en la constitución anímica del hombre?"

Comentario:

Antes de comentar la cita de manera precisa, permítanme situar un contexto que considero necesario. Verán que si se presta suficiente atención, no es muy difícil percatarse de que, a pesar del advenimiento del psicoanálisis, la sociología, la antropología, y el concierto general en las ciencias sociales y humanas, en las que la oposición entre individuo y sociedad es ya considerada una falacia, existe todavía una doxa dominante, incluso en círculos académicos, merced de la cual se hacen ingentes esfuerzos para perpetuar esa falsa oposición. Un ejemplo sencillo, se manifiesta con un planteamiento enunciado con frecuencia, cada vez que se quiere explicar algún asunto de la condición humana: “X, ¿nace o se hace?”. Nótese la “o” excluyente. Entre otras cosas, esa “o” indica una intención de separación tajante entre algo que sería propio del individuo –que suele confundirse con cuestiones orgánicas y congénitas– y, por otro lado, las influencias del “medio” social. El sujeto, desde cualquiera de esos dos puntos de vista, no tiene posibilidad alguna de suponerse responsable, toda vez que lo que le acontece sería consecuencia de una causa externa a él.

Ahora bien, tengamos en cuenta que la amalgama, forzada hasta el agotamiento, propuesta con el vocablo bio-psico-social, no hace más que confirmar el aferramiento a la falsa oposición individuo/sociedad. Así, pareciera inconcebible, al menos en los modelos fieles al positivismo canónico, que pervive incluso en perspectivas disfrazadas de radicalismos innovadores, articular una lógica que no consista en pegamentos y costuras de dimensiones aisladas, a la manera de un Frankenstein (y perdonen lo trillada que resulta esta analogía), con la que termina retornando una y otra vez al mismo lugar: la declaración de su impotencia.

Cualquier observador mediano puede constatar que a lo que denominamos “avances en la civilización”, suele consistir en la invención de teorías, técnicas y herramientas que nos distancian de las preguntas en torno a nuestra responsabilidad como sujetos, a la vez que vehiculizan un potente empuje hacia el cinismo, la culpabilidad y el desconocimiento de lo que implica hacer parte de una tal llamada “especie”, condenada a hablar sin entenderse, pues nunca sabe a ciencia cierta lo que implican las palabras que hablan a través suyo, mientras, como si lo anterior fuera poco, estamos exhortados por los discursos dominantes a ubicarnos como súbditos obsecuentes que se jactan de creer en el destino obligado de su realización personal y de su libertad. Veremos pues, con el próximo comentario, qué podemos interrogar, siguiendo la cita de Freud que he traído a cuentas, en torno a esa falsa oposición y a sus implicaciones.

John James Gómez G.

lunes, 23 de abril de 2018

Conferencia sobre "Ponerse en juego" de Miguel Lares

Hoy comparto con ustedes el audio de la interesante conferencia Ponerse en juego, dictada por el psicoanalista argentino Miguel Jorge Lares, dictada en el Regente Palace Hotel, sobre el Seminario de Jorge Fukelman, en Cartagena de Indias. El seminario se realizó en el marco de las actividades del Circulo Psicoanalítico del Caribe en el año 1996.
¡Qué la disfruten!


martes, 10 de abril de 2018

Fragmento y comentario del texto: Breve discurso en la O.R.F.T. En: Lacan, J. (1966). Intervenciones y textos 2. Buenos Aires: Manantial. 1988, p. 37 [Sexta parte del comentario]

“Que no sean palabras a la deriva, es decir, que su deriva solo está sujeta a una ley de las palabras –a una lógica radical que intento establecer– es algo que lleva a una revisión total de todo cuanto ha podido pensarse hasta ahora del pensamiento.”

Comentario:

Como lo indiqué en el comentario anterior sirviéndome de algunos puntos de vista que llamé “antropológicos”, la sexualidad y la muerte, el origen y el fin, suponen, para la cultura y sus malestares, pero también para el mito individual del neurótico, la invención de un padre y un más allá del principio del placer. Esto no sería posible sin el lenguaje. Es por el significante que se hace existir aquello que no tiene ningún sustento natural; por ejemplo, un sujeto.

Es cierto que podemos afirmar la existencia de organismos que tienen un ciclo vital, como suele llamarse a un conjunto de etapas que estarían predeterminadas para las especies: nacer, crecer, reproducirse y morir. Claro está, la mayoría de las especies no tienen noticia de ese ciclo, pero, sobre todo, no tienen enigmas sobre su lugar en relación con el tiempo en el que su existencia transcurre. Prestemos atención. No me ocupo aquí de la noción de “lugar” en el sentido de un espacio intuitivo, perceptual, si se quiere, en el que nos movemos como organismos. Hablo de un lugar en relación con el cual la intuición no tiene mayor valor y al que el señor Albert Einstein llamó espacio-tiempo. Un lugar en relación con el tiempo conlleva un enigma que se resuelve exclusivamente con la demostración de una imposibilidad: la de producir un saber que constituya un todo.

Esa imposibilidad lógica, punto de real en tanto inaprehensible por lo simbólico, cumple la función de una marca, un vacío, en sentido estoico, es decir, el de un cuerpo que se ha desvanecido hasta el punto de hacer irrepresentable cualquiera de sus propiedades. Lacan le dio el nombre de objeto a, pero, seamos justos, fue en el estoicismo antiguo donde él halló eso que declaró su invención; así como halló en el lektón, articulado al symbama, también estoicos, el justo lugar para el sujeto del inconsciente.

Esa imposibilidad hace que la ley que cumple su función para ese ser que habla y usa letras (parlêttre), extraño de sí mismo, sea una sola, a saber, la ley del deseo. A pesar de los esfuerzos del neurótico por desconocerla, esa ley es constituyente del enigma que le interpela a propósito de su lugar en un mundo hecho de palabras. En ese mundo, más allá del principio del placer, apela al anhelo de un padre omnisapiente que le revele cómo hacer con su deseo, que es la tragedia en el sentido griego antiguo, y su goce que es la comedia en el sentido romano antiguo, mientras soporta el signo del drama del Edipo, al que llamamos castración.

John James Gómez G.

¡Qué poca humanidad hay a veces en ese “gran espíritu científico”!

 “Se abre paso la vida con la misma terquedad con la que una plantita minúscula es capaz de rajar el suelo de hormigón para sacar la cabeza....