viernes, 8 de agosto de 2014

Fragmento del texto: “La verdad surge de la equivocación”. Lacan (1952-53). El Seminario, Libro 1: Los Escritos Técnicos de Freud. Editorial Paidós. pp. 385.


“Lo propio del campo psicoanalítico es suponer, en efecto, que el discurso del sujeto se desarrolla normalmente –así dice Freud- en el orden del error, del desconocimiento, incluso de la denegación: esta no es exactamente la mentira, está entre el error y la mentira.  Estas son verdades de burdo sentido común. Pero –aquí radica la novedad- durante el análisis en ese discurso que se desarrolla en el registro del error, ocurre algo a través de lo cual hace irrupción la verdad, y que no es la contradicción.”

Comentario:

La ilusión de la plena conciencia de sí, ha sido, precisamente eso, una ilusión. Una esperanza amancillada por la existencia ineludible de Otro escenario, aquel que Freud, a pesar de la resistencia y el rechazo que los discursos dominantes de su época le imponían, supo leer y escribir por primera vez, situando su lógica al punto de llevarlo al estatuto de un descubrimiento. Ese Otro escenario es el de lo inconsciente, donde, muy a su pesar, la consciencia se revela como una cualidad minúscula de lo psíquico, que desconoce sus fuerzas constituyentes por fuera de todo ideal. Ese fue, sin duda, el mayor dolor al narcisismo causado por el descubrimiento freudiano a la humanidad, insoportable aún en nuestros días. El Yo no es amo en su casa y la consciencia no es su ente constituyente, razón por la cual su mayor locura radica en suponerse dueño sí mismo y de una identidad definida por la plena consciencia de sí.

Ahora bien, ese Otro escenario no está exento de causalidad y, por tanto, cuenta con leyes, es decir, claves de lectura que permiten dar cuenta de su lógica. Es por eso que el equívoco introduce un saber que está implicado en esa causalidad que es la materialidad del lenguaje. Freud lo descubre y logra establecer sus claves de lectura a partir de los principios lógicos de identidad y diferencia a través de los cuales pudó servirse de la condensación y el desplazamiento con el fin de articular los propósitos inconscientes de lo que denominó enlaces y falsos enlaces, expresiones muy comunes para las ciencias actuales gracias al uso que en ellas se hace de la topología, pero nada comunes en aquel momento del descubrimiento freudiano.

En este orden de ideas, y muy a pesar de los sueños de las teorías de la comunicación, la práctica más común es hablar sin saber lo que se dice. No se trata de algo malo o bueno, pues no depende de asuntos morales. Se habla sin saber lo que se dice porque no hay metalenguaje y, en tal sentido, hay una imposibilidad de limitar de manera absoluta los términos que definen las relaciones entre las palabras. Así, lo que llamamos significado, es la ilusión de suponer que, al hablar, podemos entendernos unos a otros, ilusión necesaria, por demás. Pero, si por otra parte podemos reconocer el valor que puede llegar a tener hablar sin saber lo que se dice, el valor de decir boludeces, entonces ocurre algo afortunado, se abre la puerta de un saber inédito del cual podemos servirnos. ¿Qué otra cosa podría ser lo que acontece en un psicoanálisis?

John James Gómez G. 

miércoles, 6 de agosto de 2014

Fragmento del texto: La ciencia y la verdad. Lacan, J. (1966). En: Escritos 2. Siglo XXI Editores, 2ª ed. 2008. pp. 828. [Segunda parte del comentario]

“Digamos que el religioso le deja a Dios la carga de la causa, pero que con ello corta su propio acceso a la verdad. Así, se ve arrastrado a remitir a Dios la causa de su deseo, lo cual es propiamente el objeto del sacrificio. Su demanda está sometida al deseo supuesto de un Dios al que entonces hay que seducir. El juego del amor entra por ahí.”

Comentario:

Desde que tenemos noticias acerca de la presencia de algún ser humano en la tierra, la pregunta por la causa ha estado en el centro la existencia. No sólo la suya propia, sino la del universo entero. Ningún otro motivo justifica con más fuerza todo lo que el hombre ha creado, desde el mito hasta el logos. 

Con el mito creó a los dioses a su imagen y semejanza, tratando de explicar cómo se introdujo el cosmos (orden) en el caos y qué movilizaba las pasiones (pathos) humanas. Incluso, con el triunfo de la moral romana en Occidente, la idea de un dios cristiano, al que se le asignó la imagen de Zeus, fue llevado hasta el punto de atribuírsele un amor asexuado y carente de toda pasión, con el fin de suponer que lo humano nada tenía que ver con lo sagrado y que debía renunciarse a esa humanidad para alcanzar el retorno al “padre”, aquel que, según el mito, al igual que Zeus, bajaba a la tierra a fecundar humanas. Entonces, resultó que ese dios tampoco podía prescindir de las pasiones humanas.

Con el logos, en cambio, la pregunta por la causa no implica, necesariamente, la presencia de un padre que por su voluntad haga entrar el cosmos en el caos. Se trata de encontrar la ley que está ahí en el propio universo, -habría que decir universo simbólico-, que puede ser leída y escrita. Fue ese el caso de Tales de Mileto, a quien se le concede el lugar de primer filósofo, y quien se propuso prescindir del padre como ente mítico que hacía de su voluntad la causa de todo orden posible, para dar paso a la pregunta por la ley que puede ser leída y escrita a partir del logos y que no requiere de la voluntad de algo exterior al propio orden. Ese cambio separó, ineludiblemente, al padre y a la ley. A partir de ese punto se hizo posible prescindir del padre a condición de servirse de él.

Es comprensible entonces que se conciba como valioso el interrogar el sentido de lo que llamamos "nuestra existencia". Sin embargo, es vana ilusión hacerlo si se parte del presupuesto de que, por definición, dicha existencia tendría algún sentido predestinado por Otro, sea cual fuere el nombre que se le otorgue. El anhelado sentido no es más que una invención; una respuesta al hecho estructural de que no hay más que falta de sentido y, como tal, es necesario asumir la responsabilidad de ello.

Sin embargo, asumir una responsabilidad acerca de la falta y del sinsentido constituyente, resulta sumamente difícil de soportar para el Yo, especialmente para el neurótico. Reconocer la propia vacuidad del sentido constituyente es asumir una herida narcisista fundamental, a saber, que no hay modo alguno de acceso a la verdad plena y que en ningún sentido lo que de ella deriva  podría corresponder con algún modo de ideal. Si la ilusión de unidad, incluso de identidad, sirve como sostén para el Yo es porque solo a través de dicha ilusión puede desconocer que está hecho de restos de imágenes con valor significante, así como de trozos de un cuerpo que poco tiene que ver con el organismo o con la maduración en el sentido natural.

John J. Gómez G. 

lunes, 4 de agosto de 2014

Fragmento del texto: La ciencia y la verdad. Lacan, J. (1966). En: Escritos 2. Siglo XXI Editores, 2ª ed. 2008. pp. 828. [Primera parte del comentario]

“Digamos que el religioso le deja a Dios la carga de la causa, pero que con ello corta su propio acceso a la verdad. Así, se ve arrastrado a remitir a Dios la causa de su deseo, lo cual es propiamente el objeto del sacrificio. Su demanda está sometida al deseo supuesto de un Dios al que entonces hay que seducir. El juego del amor entra por ah. ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽al deseo supuesto de un Dios al que entonces hay que seducir. El juego del amor entra por ahcio. Su demanda estr lo quí.”

Comentario:

La causa, que es al mismo tiempo la cosa, lo cual nos es indicado por su relación etimológica, es imposible de establecer salvo por el hecho de que reconozcamos su materialidad, entendida esta como materialidad del significante. Claro, siempre hay quien puede negarse a ello, olvidando que, algo tan “físicamente” material como la luz, solo puede ser situada en cuanto a su causalidad si se toman esos conjuntos de letritas y números, llamados fórmulas, por los cuales se puede encontrar que aquello que la explica no obedece a algo exterior al sistema mismo que la constituye.  

En ese sentido, si el sujeto puede dar cuenta de su causa, es decir, de la causa de su deseo, no es por otra vía que la del reconocimiento de su posición en la materialidad del significante que pone de manifiesto sus efectos por la división en la que se funda su ex-sistencia. Sin embargo, el Yo puede preferir abandonarse a su pasión por el desconocimiento y hacer equivaler dicha causalidad material a la voluntad de Otro que sería omnipotente, con lo cual el acceso a la verdad de aquello que lo constituye queda velada, sino, obturada. El lugar atribuido a Dios, o cualquiera sea el nombre con que se nomine a ese Otro, es el de un Amo que debe ser seducido, a través de la oferta de un sacrificio, para sostener la esperanza de que habrá un destino que no sea el de la muerte.

Por tanto, lo que llamamos historia, es la puesta en acto de la pregunta por la causa. Intento de leer y escribir la imposibilidad estructural de decir toda la verdad. El hecho paradójico de que la memoria no hace a la verdad y que ésta última solo se alcanza por vías torcidas, pues es imposible que sea dicha toda, corresponde a lo que Freud llamó trauma. Ello hace entrar en juego la probabilidad de que cada uno pueda hacer ex-sistir más de una historia. No se trata de los hechos denominados, comúnmente, objetivos, que determinarían un pasado y un destino; porque hay la probabilidad, la clínica es posible. Todas las historias probables que se manifiestan en el decir del analizante son susceptibles de hablar de la verdad del sujeto, incluso aquellas que se escriben de modo paradójico, sobre todo esas.

John James Gómez G.

sábado, 12 de julio de 2014

Escribo a continuación una excepción al estilo del blog. Pero la interrogación que la motiva, me parece más que justificada...

MORIR POR LA TIERRA PROMETIDA O EL HORROR EN EL NOMBRE DEL PADRE

Cuenta la leyenda que existió una época en que un dios, el alabado por los israelitas, hablaba. Sabemos que hace mucho no habla, al parecer, desde tiempos de Moisés. Según se lee en los libros, esos bíblicos relatos escritos por hombres en Nombre del Padre de la horda primitiva, -aquel que desterraba del paraíso, enviaba diluvios y plagas e incluso dictaba mandamientos-, que hubo una promesa conocida por todos sus hijos, también llamados: "el  pueblo elegido". No discutiré la intención de la elección, mucho menos el destino de la misma; no creo tener idea alguna de cuáles fueron los motivos de tal elección, y muy probablemente ni siquiera los mismos elegidos lo sepan con certeza. Sin embargo, esa elección no ha dejado de mostrar sus consecuencias.

Pero bueno, volvamos a la promesa. Claro, una promesa es siempre luz en el horizonte, más aún si se trata de una promesa de libertad. Pasaron 40 años, según dicen, errantes por el desierto, a la espera de que la promesa, finalmente, fuese cumplida. No perdían la esperanza, o al menos, eso nos han hecho creer. Y, al parecer, el Moisés al que Dios hablaba, -no el otro Moisés, el egipcio, también conocido como Amenhotep IV, luego llamado Akenaton, faraón que debió huir a causa de la persecución de su pueblo ante su creencia monoteísta, no, ése no, me refiero al otro, el israelita, llamado Moshè-, habría recibido el mandato directo del Padre, de llevar su "pueblo elegido" a la tierra donde la promesa de libertad se cumpliría.

Según dicen, Moshè, el Moisés israelita, era el encargado de guiarlos a destino. Un báculo era su fascinus, el signo de que Dios le había otorgado la potencia divina. Ya lo había exhibido ante los egipcios, convirtiéndolo en serpiente, haciendo sangrar las aguas y abriendo el mar en dos. No era poca la potencia; suficiente al menos para que la fe se extendiera por doquier en las almas de quienes veían en lo inexplicable la prueba de la existencia de Dios. A pesar de eso, algunos dudaban, y Moisés tuvo que desplegar su ira, en el Nombre del Padre y de sus mandamientos, para corregir el desvío de todos aquellos quienes osaron construir un becerro de oro para adorarlo. Moisés estaba decidido, Dios le había hablado y encomendado la misión de llevar a su "pueblo elegido" hasta la "tierra prometida".

Como no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista, antes de morir, Moshè, señaló con su dedo, como anticipando la escena de la creación de Adan que casi 3.000 años después, Miguel Ángel pintaría. Entregó a Josué su báculo y, con él, la potencia divina, así como la tarea de terminar el trecho que aún los separaba de la anhelada promesa. Según nos cuentan, Moisés no podía entrar en la tierra prometida. Era su destino morir al margen, exiliado, separado de la promesa, preso del destino divino. O, tal vez, simplemente, no estaba seguro de qué sería aquello que encontrarían en aquella tierra. Tal vez, Dios dejó de hablar en algún momento, y Moisés había perdido el rumbo. Tal vez, esa tierra a la que había apuntado con el dedo, era el lugar en donde sus ojos cansados veían, a lo lejos, su propia libertad; la de separarse de la promesa que, ya a punto de morir, no sabría si podría cumplir. Pero quién podía cuestionarlo, finalmente, ¿no hablaba acaso en Nombre del Padre? Finalmente, Josué aceptó la cesión de los derechos y llevó el "pueblo elegido" hasta entrar en la "tierra prometida".

¡Oh sorpresa! La tierra prometida no era tierra de nadie. Otros la habitaban hacía tiempo; otro pueblo la proclamaba suya. ¿Sería acaso también ese otro pueblo, un pueblo elegido? Pero, cómo podrían serlo, si entre ellos nadie hablaba en el Nombre del Padre. En cambio ellos, estaban seguros de que Dios había hablado a Moisés. Debían estar seguros, pues ya no estaba Moisés con ellos para preguntarle, para increparlo por la desilusión de que la tierra prometida fuese tierra de otros. ¡Qué importaba! Ellos eran el "pueblo elegido", y si esa tierra era el signo del amor del Padre, con el cual la promesa se veía realizada, había que estar dispuestos a matar o morir por ella. Sea como fuere, ¿no  es legítimo estar dispuestos a matar en el Nombre del Padre? Y, así lo hicieron. Y vieron que era bueno. Y, aunque no lo fuera, ¿no era bueno por el solo hecho de que lo hacían en el Nombre del Padre que los había elegido?

Han pasado 3.000 años y sabemos de las consecuencias. No solo las de hace unos días, con las que las cadenas de noticas se jactan captando la imagen más siniestra para vender pautas publicitarias que hagan engordar, gracias al rating, las billeteras de los chanchos capitalistas. No solo las recientes imágenes que deambulan por el mundo virtual, por los muros de Facebook, de Twitter, de Instagram, donde aquellos que se suponen a sí mismos personas de bien, seres humanitarios, creen que compartiendo las ominosas imágenes devendrán héroes salvadores de las víctimas de quienes matan en Nombre del Padre. ¡No! Las consecuencias van mucho más lejos. Son las de la reiteración perpetua del encuentro con la desilusión por la promesa no-toda cumplida, y el ejercicio de la muerte, esfuerzo de desalojo del otro perturbador, que pone en cuestión la fe en el Padre de la horda. Ira humana escudada en furia divina. Se mata en Nombre del Padre, y quien lo hace, ve en ello, estando ciego, algo bueno.

Y no ha de extrañarnos el horror que a través del Padre de la horda se revela. Cada vez que alguien se ha tomado a sí mismo por elegido del Padre, ha muerto por ello, o ha matado por ello. Desde el Moisés, Moshè israelita, pasando por el Dios encarnado en el hijo, crucificado a causa de sus hijos-hermanos, escenificando así el mito de la horda primitiva, pasando por las cruzadas, hasta Hitler, y hasta cada uno que, tomando su propio Yo como imagen individual del pueblo elegido, intenta desalojar, en Nombre del Padre, todo lo que resulte perturbador y ponga en peligro la tierra prometida, la ilusión de ser el-hijo, elijo, el elegido. Cada vez que alguien mata en Nombre del Padre, incluso, matándose a sí mismo, ve en ello algo bueno y, en ese instante, la pulsión de muerte triunfa y el horror amanece...

John James Gómez G.

viernes, 20 de junio de 2014

Fragmento del texto: Radiofonía. Lacan, J. (1970). En: Otros escritos. Editorial Paidós. 2012. pp. 448 (Segunda parte del comentario). [Con este comentario entramos en receso hasta el lunes 4 de agosto]

“El inconsciente, lo vemos, no es más que un término metafórico para designar el saber que solo se sostiene por presentarse como imposible, para que a partir de allí se confirme por ser real (entiendan discurso real)”.

Comentario:

El espacio-tiempo del inconsciente (Topología del sujeto), el objeto a y el significado, son los incorporales develados por la experiencia psicoanalítica. Los corporales, por su parte, son S1-S2 (significantes), cuerpos que son al mismo tiempo uno y dos, a partir de su fusión, siguiendo la relación entre los cuerpos propuesta por los Estoicos y evidenciada por el acto psicoanalítico, se producen los incorporales. Es por esa relación S1-S2 que hay sujeto del inconsciente, objeto a, y que el significado está perdido, y por lo cual el espacio-tiempo no responde al plano imaginario, haciéndose necesario escribirlo topo-lógicamente. El primer testimonio de ello, propiamente dicho, como intento de formalización en el trabajo de Lacan, son los cuatro discursos propuestos en su seminario "El reverso del psicoanálisis", pues solo ahí pudo prescindir de la representación imaginaria de los grafos y los esquemas, pasando a una modalidad de álgebra que fue llevada hasta la escritura de los nudos. Un esfuerzo notable con el que reconoció la necesidad de establecer la lógica de ese saber no sabido, siempre imposible de ser todo-saber, que Freud llamó inconsciente.

Y es que en nuestra época, es una tarea cada vez más difícil la que se juega cuando se trata de la pregunta por el saber que se presenta como imposible, ese límite del saber que es siempre no-todo. Nadie quiere saber y todos sueñan que comprenden y entienden todo, incluso demasiado rápido. Todos, en el discurso capitalista, aspiran a lo fácil y rápido, a la eficiencia, aunque en ese afán su propia condición de sujeto se desvanezca mientras, cada uno, deviene objeto consumido. Así, todos se afanan por comprender, y regularmente quien supone comprender con facilidad lo que otros dicen, cae en la ingenuidad de aquel que jamás se ha ocupado de escucharse a sí mismo. Por otro lado, cada vez es más evidente cómo Google es el reverso del "solo sé que nada sé" antiguo, echando al olvido la interrogación por la condición misma de los límites del saber y de la pregunta por lo que implica la propia responsabilidad del sujeto. Google, como ilusión de omnisciencia, expresa la ingenuidad en la subjetividad de la época, al confundir la información con el saber.

Si a pesar de todo lo que hoy hace obstáculo y silencia al sujeto,  se puede dar el paso desde el mito individual del yo neurótico hacia el logos que implica al sujeto, dando cuenta de la razón inconsciente y por su vía al saber que puede prescindir del padre, tal vez se produzca eso que llamamos experiencia psicoanalítica.


John James Gómez G.

miércoles, 18 de junio de 2014

Fragmento del texto: Radiofonía. Lacan, J. (1970). En: Otros escritos. Editorial Paidós. 2012. pp. 448 (Primera parte del comentario).

“El inconsciente, lo vemos, no es más que un término metafórico para designar el saber que solo se sostiene por presentarse como imposible, para que a partir de allí se confirme por ser real (entiendan discurso real)”.

Comentario:

No hay modo alguno de que lo inconsciente -arriesguemos a decir, incluso, el psicoanálisis-, quede en el pasado, pues el saber no sabido siempre está por-venir. Hay la idea, bastante extendida, de que lo inconsciente está en el pasado, y no entraremos si quiera en este caso a discutir el problema que, al menos en nuestra lengua, nos platea la diferencia entre ser y estar; dejémosla de lado por el momento. Lo que sí no hemos de pasar por alto es que una idea tal no carece de fundamento. Se trata sin duda de las dificultades con las que el propio Freud debió enfrentarse pero que no impidieron que pudiese deducir que el tiempo, cuando se trata de lo inconsciente, poco tiene que ver con la cronología, basta con dar una mirada al primer párrafo del apartado V de su texto: “Lo Inconsciente”, para darse por advertido.

Si no se trata de la cronología, se nos plantea la interrogación acerca del estatuto de la historia, también de la prehistoria, del sujeto. Llegados a este punto, la evidencia clínica nos muestra un hallazgo crucial, a saber, que no hay tal cosa como La Historia (con mayúscula) del sujeto. En su lugar encontramos un número finito no definido de historias probables sobre las cuales alguien habla. La idea de que habría La Historia, constituye, de hecho, la mayor ficción sostenida gracias a lo que Freud denominó complejo de Edipo, también llamado realidad psíquica, que fija la fantasía de que habría una verdad plena que, por alguna razón, es negada por un Otro perverso.

En su decir, quien habla al interior de la experiencia analítica, se ve interrogado entorno a aquello que supone saber. Es interesante constatar que arribar a este punto no es algo sencillo, pues el Yo se aferra a esa fantasía en que la ficción de La Historia puede sostenerse, con lo cual las historias finitas probables, y sus combinatorias infinitas, se mantienen excluidas. Sólo cuando puede captarse el valor del equívoco, que por introducir un deslizamiento que interroga La Historia, el Yo se encuentra por vez primera ante la pregunta acerca del estatuto de toda verdad y de los límites del saber. Es una sorpresa a la vez que el advenimiento a un lugar inédito en el cual el Yo no se reconoce y, sin embargo, se encuentra; encuentro con lo real.

John James Gómez G.

lunes, 16 de junio de 2014

Fragmento del texto: “Sobre la iniciación del tratamiento”. Freud, S. (1913). En: Obras Completas, vol. XII. Amorrortu Editores. 1979. pp. 132-133. (Segunda parte del comentario).

“…el hombre de cultura trata los asuntos de dinero de idéntica manera que las cosas sexuales, con igual duplicidad, mojigatería e hipocresía. Entonces, de antemano está resuelto a no hacer otro tanto, sino a tratar las relaciones monetarias ante el paciente con la misma natural sinceridad en que pretende educarlo para los asuntos de la vida sexual.”

Comentario:

El dinero guarda una relación estrecha con el pudor, cosa que no hay que confundir con la moral en su sentido más general. El pudor trata de aquello que se juega entre la presencia y la ausencia, entre lo que se elije mostrar y lo que se elije ocultar. No es una cuestión menor, el movimiento libidinal se expresa en los modos articulados en dicha elección, fundamentalmente inconsciente. Puertas y ventanas son, en nuestra cultura moderna, ejemplos princeps de ello. El dinero puede ser, en tal sentido, una llave usada para regular la apertura de esas puertas, pero también puede ser algo que conlleve vergüenza. No es un objeto del cual sea fácil servirse, pero sí del que es muy fácil hacerse presa.

En la época actual, el rasgo fetiche del dinero es evidente, a la vez que coexiste con su rasgo fóbico, paradoja que es propia de la lógica de los objetos imaginarios que entran en la cadena sustitutiva de la falta del objeto a. Así, es común que culturalmente exista tanto la fascinación por el dinero (no debe olvidarse que la raíz latina “fascinus” corresponde al “phallos” griego, falo en castellano), como un cierto desprecio por él, al punto que, en algunas se lo califica como algo “cochino”, “sucio”. Es en ese doble rasgo, en esa paradója, que se manifiestan los avatares del pudor y la vergüenza acerca de la manera en cómo cada uno puede servirse de él o ser tomado por él. De allí que a pesar de las soñadas diferencias entre comunismo y capitalismo, en ninguno de los dos se pueda prescindir del hecho de que, en ambos casos, todos estén demasiado preocupados por el dinero.

No se trata de atribuir al dinero, en sí mismo, algún tipo de cualidad desde una perspectiva moral, sino, de interrogar su lugar en la vida pulsional. ¿De qué modo el dinero es investido libidinalmente y de qué manera sirve a los fines del deseo y el goce? Pero, al mismo tiempo es necesario preguntarse ¿de qué modo el Yo se ubica frente a los avatares pulsionales que implica el brillo fálico del dinero y sus rasgos paradójicos de atracción y repulsión? Son puntos que bien deben considerarse en el abordaje clínico y, por tal razón, el cobro de la sesión no puede tomarse como un negocio, ni como el pago por un tiempo cronológico, mucho menos por un servicio, todos ellos emblemas del discurso capitalista; su estatuto no puede ser estandarizado, ya que habrá que escuchar cual es la lógica por la cual, uno por uno, se sirve de ese objeto particular. Es parte del trabajo analítico interrogar su estatuto y es necesario que aquel quien presta su cuerpo al lugar de analista haya producido de antemano un saber sobre sus propios avatares pulsionales a propósito del dinero, para reducir, así, la probabilidad de sucumbir ante sus impasses singulares en lo que a dicho objeto refiere.

John James Gómez G. 

¡Qué poca humanidad hay a veces en ese “gran espíritu científico”!

 “Se abre paso la vida con la misma terquedad con la que una plantita minúscula es capaz de rajar el suelo de hormigón para sacar la cabeza....