martes, 5 de noviembre de 2019

La pulsión: involución de un perímetro. Relectura de puntuaciones lacanianas.


Comparto con ustedes este texto publicado en elSigma.com, que corresponde a un comentario sobre la clase del Seminario de Lacan dictada el 6 de mayo de 1964, la cual, en la versión de Paidós, se tituló: "Desmontaje de la pulsión".

A continuación la presentación y el enlace al texto completo. 

A través de un recorrido preciso y novedoso, el autor aborda un punto clave de la práctica clínica al situar la pulsión en el campo topológico: “No hay que perder de vista esa referencia al ‘perímetro que involuciona’, pues un perímetro indica el conjunto de bordes, de líneas, que conforman el contorno de una superficie. Como se verá, esto tiene mucho que ver con lo que desarrollará en cuanto a la pulsión, mientras habla de ella haciendo una lectura topológica de los textos de Freud.” Y su relevancia en el recorrido de un análisis: “El estatuto que Lacan da a la pulsión en este texto es la de aquello que brinda a nuestra práctica su peso clínico, se trata de algo que está profundamente integrado a nuestra experiencia. Esto quiere decir, a mi juicio, que es porque hay pulsión que existe un campo freudiano y por él un cuerpo que no es solo organismo, así como un sujeto que no es del pensamiento, aunque sí de una razón, pues vale la pena recordar que el inconsciente no es lo irracional.” 



viernes, 13 de septiembre de 2019


Fragmento del texto: Discurso en la Escuela Freudiana de Pareiz. Lacan, J. (2012). En: Otros Escritos. Buenos Aires: Paidós, pág. 290. [Primera parte del comentario]

Es en este sentido que el atributo de no psicoanalista es el garante del psicoanálisis, y que yo anhelo en efecto que haya no analistas, que se distinguen en todo caso de los psicoanalistas actuales, que pagan su estatus con el olvido del acto que lo funda.

Comentario:

Tal vez uno de los olvidos más llamativos entre quienes practicamos el psicoanálisis es, como indicó Lacan, que es el atributo de no psicoanalista el garante del psicoanálisis. Esto quiere decir que no es porque haya personas que se hacen llamar psicoanalistas que el psicoanálisis puede sostenerse como acto, sino porque hay analizantes. Es dede ese lugar que puede hacerse existir esa función a la que llamamos “psicoanalista”, que no tiene nada que ver con la identificación imaginaria que puede llevar a suponer que alguien la encarna como si se tratara de una profesión o de un emblema de distinción.

Y es que resulta necesario tener en cuenta que al hablar de la práctica psicoanalítica se hace referencia, en primer lugar, a alguien que se aboca a la práctica de la palabra buscando saber de y desde lo inconsciente. Ello implica reconocer que a quien se refiere esa práctica es, ante todo, al analizante, no al psicoanalista, éste últimpo, por supuesto, sin lo que tampoco existiría un psicoanálisis. Por eso Lacan afirmaba que no hay predicado del analista, pues la formulación “yo analizo” nos pone de inmediato en la posición activa de analizantes. Entonces, decir "yo soy analista", opera como ilusión de ser para que, al ser dicho en alguna parte, se abra lugar a la posibilidad de que quien sufre hable y analice sus dichos para reencontrase en el decir, deviniendo, así, analizante. 

Esa es una de las razones por las cuales, a mi juicio, resulta necesario interrogarnos sobre la comodidad desde la que a veces hablamos cuando creemos saber algo sobre el psicoanálisis, suponiéndonos psicoanalistas. Esa comodidad puede llevar a tanto como el desprecio por los otros que no hablan nuestra lengua “correctamente”. Como si fuésemos griegos en la Antigüedad, les juzgamos como a bárbaros que no saben lo que dicen por hablar mal la lengua helénica. No obstante, hablar mal, decir boludeces, es la primera condición para que exista el acto analítico. Nada más lejano del psicoanálisis, por tanto, que dejarse llevar por la ferocidad del superyó cada vez que consideramos que alguien se equivoca. ¿No es el equívoco la puerta de entrada por excelencia a un saber posible sobre lo inconsciente? No habrá de resultarnos extraño, pues, que buena parte de la responsabilidad del odio hacia el psicoanálisis que pulula en nuestro tiempo pueda corresponder a los psicoanalistas.  

John James Gómez G.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Fragmento del texto: El psicoanálisis y su enseñanza. Lacan, J. (2008). En: Escritos 1. Argentina: Siglo Veintiuno Editores, 2ª ed., pág. 147. [Segunda parte del comentario]


El hecho de llenarse la boca con la palabra “científico”, y aun con la palabra “biológico”, que están, como todas las palabras, al alcance de todas las bocas, no les hace ganar un solo punto más en ese camino, ni siquiera a los ojos de los psiquiatras, a quienes su fuero interno no deja de avisarles sobre el alcance del uso que hacen ellos mismos de estas palabras en gestiones igualmente inciertas.


Comentario:

A fin de sostener las pretensiones científicas en su sentido más arcaico, abundan las falacias técnicas y clínicas cuando se trata del estudio de ese enigmático objeto denominado psykhé, el cual parece quemar las manos de quien se atreve a indagarlo, evitando que alguien logre asirlo de manera certera. Algunas de esas falacias consisten en sostener la equivalencia deliberada e injustificada entre fenómenos biológicos y fenómenos psíquicos. 

Para nombrar solo algunos ejemplos de ello, consideremos la confusión que se produce cuando se toman las imágenes resultantes del escaneo cerebral durante el dormir y se usan como explicación de la actividad del soñar. Se trata de dos cosas, que aunque guardan relación, no son equivalentes. La primera se trata de la traducción que una máquina hace, en imágenes, de los procesos electroquímicos del cerebro. La segunda, de la traducción que una persona puede hacer de las imágenes con que sueña, en palabras que dan cuenta del contenido y el sentido de sus sueños. Resulta innegable que existe una actividad cerebral necesaria para que podamos soñar. La falacia está en suponer que la actividad cerebral explica el contenido con el que cada cual, de acuerdo con su experiencia, sueña. Por esa vía se aplasta la subjetividad con el peso de las imágenes producidas por una máquina que opera con ondas electromagnéticas y que está imposibilitada para dar cuenta del sentido subjetivo del sueño. 

Otro ejemplo lo encontramos en los saltos, inexplicables, que se dan alegremente desde las formas en que se manifiestan ciertas lógicas culturales hasta las interpretaciones que explican esas lógicas por vía de la transmisión genética. Investigaciones de ese estilo abundan; pueden constatarlo. En ocasiones, hay quienes llegan a tanto como sostener que las diferencias en el acceso que un hombre y una mujer tienen a ciertos goces y a ciertos ámbitos, por ejemplo, laborales, dependen de las condiciones biológicas de cada uno, lo que haría que algunas labores sean "antinaturales" y otras "connaturales" para unos u otros. Entonces, se confunde la transmisión cultural con la transmisión genética, y se le justifica con el uso irresponsable que algunos “eminentes científicos” hacen de la estadística. Que un fenómeno aparezca estadísticamente asociado a otro con cierta frecuencia, no implica una causalidad biológica; dicho de otra manera, las relaciones significativas a nivel estadístico no son marcadores genéticos. No obstante, siempre hay quien, en un acto de fe ciega, se entregue a la defensa de estas y otras falacias. 

John James Gómez G.  

viernes, 30 de agosto de 2019



Fragmento del texto: El psicoanálisis y su enseñanza. Lacan, J. (2008). En: Escritos 1. Argentina: Siglo Veintiuno Editores, 2ª ed., pág. 147. [Primera parte del comentario]


El hecho de llenarse la boca con la palabra “científico”, y aun con la palabra “biológico”, que están, como todas las palabras, al alcance de todas las bocas, no les hace ganar un solo punto más en ese camino, ni siquiera a los ojos de los psiquiatras, a quienes su fuero interno no deja de avisarles sobre el alcance del uso que hacen ellos mismos de estas palabras en gestiones igualmente inciertas.


Comentario:

Probablemente para ustedes, como para mí, no sea extraño escuchar la convicción con la que en ocasiones hay quienes creen estar haciendo “verdadera ciencia” cuando usan la palabra “mente”. Se la asocia con el cerebro, como si en él estubiese ubicado efectivamente su lugar de residencia. Se la opone además a la "poco científica" palabra “alma”, por considerar que ésta última se refiere a algo místico que solo existe en las palabras de los creyentes y por lo cual no amerita el menor interés cuando se hace “veradera ciencia”. 

Por tanto, suponer que dejar de hablar del vocablo “psique” en tanto que “alma” para hablar en su lugar de la palabra “mente”, aparentando una supuesta cientificidad necesaria, se ha convertido en el caballito de batalla de los operadores de buena parte del conjunto de las terapias “psi”; especialmente aquellas que buscan, a como dé lugar, hacerse pasar por científicas buscando encontrar palabras en los cerebros. 

Al respecto habría que decir, en primer lugar, que no existe diferencia alguna entre alma y mente en cuanto a su materialidad. ¿Qué nos autoriza a suponer que la mente es menos abstracta que la palabra alma o que su materialida es biológica a diferencia de la materialidad del lenguaje en la que se soporta la palabra alma? Nada. Ambas son palabras. Su única materialidad es la que el lenguaje les confiere por hacerlas existir en los intercambios significantes entre los seres hablantes. Tratar de encontrarlas en el cerebro resulta inevitablemente infructuoso.

Eso no ha evitado que en un afán de cientificismo se produzcan algunas falacias epistemológicas. Por ejemplo, la de hacer equivaler las operaciones nerviosas, los intercambios electroquímicos de las neuronas y las imágenes producidias por los servomecanismos que escanean la actividad cerebral, a lo psíquico. Incluso se habla de “psicofármacos”, lo cual no deja de ser un modo engañoso de hablar, en realidad, de “neurofármacos”, pues sus efectos operan directamente sobre la actividad electroquímica del sistema nervioso y no sobre la vida psíquica. Si algún medicamento mereciese el calificativo “psicofármaco”, tal vez serían los placebos que producen efectos subjetivos a partir de las creencias sostenidas en la materialidad del significante. 

Lo que resulta necesario aclarar, entonces, es que el cerebro y la vida psíquica no son la misma cosa y que lo segundo es irreductible a lo primero a pesar de que sea uno de sus soportes, por lo cual, su tratamiento requiere poner en juego la materialidad que le es propia y que no se reduce a la química cerebral en tanto que se trata, sobre todo, de los efectos del lenguaje sobre un cuerpo que no es puramente biológico. 

John James Gómez G. 

sábado, 25 de mayo de 2019

La idiotez. Uno de los efectos de los “psico”diagnósticos

A veces durante las clases con estudiantes de la carrera de psicología, surge la pregunta de si acaso con el psicoanálisis pueden tratarse “enfermedades” como el síndrome de down. Para mí, la respuesta es simple y no dudo en darla: NO. A continuación pregunto a los estudiantes, "¿por qué habría de tratarse el síndrome de down?" La mayoría repiten, muy aplicados, lo que se les ha enseñado y describen una serie de “síntomas” que hacen parecer que el efecto subjetivo de la alteración biológica del síndrome de down es la idiotez. A mi juicio, ese es justamente el problema; se confunde la biología con la subjetividad y se cree que se requiere un tratamiento; por tanto se demanda que se produzca un idiota a quien tratar. 

La cuestión es que uno de los efectos de los diagnósticos es remitir a la idea de "anormalidad". Entonces, nombramos esa diferencia con significantes que demandan del otro a quien consideramos anormal que se comporte como tal, a veces, como un idiota. El otro, que para efectivizarse como sujeto se plantea siempre la pregunta “¿qué quiere el Otro de mí?”, responde consencuentemente a esa demanda. 

Sin duda, el síndrome de down es una diferencia genética, pero quienes hacemos de esa diferencia una forma de "idiotez subjetiva" somos principalmente nosotros, al demandar a quienes   nacen con ese rasgo que respondan haciendo de su diferencia una anormalidad a la medida de las características coincidentes con un diagnóstico que, al mismo tiempo, se quiere hacer existir como "psico"diagnóstico.

¿Qué se le dice a los padres de un niño con sidrome de down? Que no tiene cura. Y bueno, es cierto. No tiene cura la variación genética, pero la subjetividad no tiene por qué ser curada, sino efectuada, convocada. Es en ese punto en el que solemos equivocarnos. Depende en buena parte del deseo con el que convocamos a esa efectivización, para que la respuesta no sea la idiotez que, en tal caso, no es otra cosa que el reflejo especular de nuestra propia idiotez. 

Así que para mostrarles cómo es que esta confusión entre biología y subjetividad puede subvertirse, les brindo como ejemplo a Pablo Pineda. Vean la entrevista que les dejo enlazada. Encontrarán que si acaso habría que tratar algo en él, sería exactamente lo mismo que en cualquier otro que acude a un psicoanalista: sus malestares subjetivos. Verán también que la mujer que lo trajo al mundo no habla más que del deseo con el que lo convocó a hacerse un sujeto deseante, y no a convertirse en la confirmación de la moral medicalista, biologicista, desde la que a veces confunde la diferencia con la anormalidad. 

John James Gómez G. 



Canal Sur
Emisión: 23/2/19 Documental que reconstruye la trayectoria del joven actor malagueño Pablo Pineda, galardonado con la Medalla de Andalucía.

viernes, 24 de mayo de 2019

Fragmento del texto: Discurso de Roma. Lacan, J. (1953). En: Otros escritos. Editorial Paidos. 2012, p. 153.


Los conceptos del psicoanálisis se captan en un campo de lenguaje, y su dominio se extiende tan lejos como una función de aparato, como un espejismo de la conciencia, como un segmento de un cuerpo o de su imagen, un fenómeno social, una metamorfosis de los símbolos mismos pueden servir de material significante para lo que el sujeto inconsciente tiene para significar. 

Comentario:

¿A qué llamamos "realidad"? Inicio con esta pregunta reconociendo que, en nuestros días, ningún científico serio del campo de la física brindaría una respuesta definitiva. Nadie como ellos duda tanto hoy de la realidad. Mientras algunos de nosotros vamos por la vida caminando con cierta seguridad de lo que “es” la realidad, convencidos de poder distinguirla de la fantasía, los físicos afirman que no hay nada menos garantizado que nuestra realidad. Basta leer Sobre la electromecánica de los cuerpos en movimiento, artículo publicado por Einstein en 1905[1], para ver cómo el costo de su descubrimiento es que dos observadores no tendrán la posibilidad de describir ningún acontecimiento relativo al espacio-tiempo del mismo modo, puesto que su posición como observadores, es decir, sus posiciones como sujetos en el espacio-tiempo, determina el fenómeno y la estructura de lo observado. Algunos de los investigadores más actuales, como Carlo Rovelli (2018)[2], quien dedica sus esfuerzos a comprender la naturaleza del tiempo, ha llegado a coincidir con el estoicismo, al parecer sin saberlo, cuando afirma que el tiempo y el espacio existen solamente porque nosotros asumimos que existen, pues no son cuerpos, no hay materialidad que los represente más allá del lenguaje o, en términos del estoicismo, son incorporales (Bréhier, 2011)[3]. Es así que nuestra realidad no es más objetiva que el lenguaje que usamos para nombrarla. 

Piense usted, apreciado lector, cuando define numéricamente la medida de una superficie. ¿Quién ha definido la escala de medida? ¿Existe la noción de “centímetro” en la naturaleza? Como dijo recientemente Sheldon Cooper, personaje de la ficción televisiva, “todo tiene un número, si le asignas un número”. Nombramos lo imposible de captar y así intentamos hacerlo representable y, en la medida de lo posible, controlable. Esto, por cierto, es lo que Poincaré dejó en claro cuando denunció que no hay tal cosa como las verdades evidentes, pues un axioma no es otra cosa que una definición disfrazada de evidencia (Livio, 2014)[4].

Ahora bien, no se confundan. Lo que aquí afirmo no se trata de alguna forma de construccionismo social. La efectividad del lenguaje a la que se refieren el psicoanálisis y la física, no es el construccionismo social. Por otro lado, si bien el psicoanálisis y la física llegan a conclusiones similares en cuanto a la “realidad”, es decir, que no hay otra cosa que lo que Freud llamó realidad psíquica, la física ve la singularidad como el punto de obstáculo para plantear leyes universales, mientras que el psicoanálisis encuentra en la singularidad el agujero por el cual es posible producir un saber no-todo que cada uno pueda poner al servicio de su subjetividad en el lazo con el Otro. 

No basta, pues, lo simbólico, para que haya alguna realidad. Ese es el punto en el que Lacan puso el acento. Lo simbólico nos permite acceder parcialmente a lo real imposible de la naturaleza de las cosas, pero eso real pone un límite de imposibilidad a lo que podemos saber y dominar con el lenguaje. Para subsanar ese punto, los humanos contamos con lo imaginario, con la fantasía, con la ficción, que también podríamos escribir “fixión”, jugando con el inglés fix. De esa fixión se sirven el historiador, el sociólogo, el físico, el psicoanalista. A esas fixiones orientadas por el pensamiento racional les llamamos teorías

Entonces, prescindir de uno de los tres: real, imaginario o simbólico, puede llevarnos a creer que es posible acceder a una realidad absoluta excluyendo al sujeto, es decir, un real sin sujeto (positivismo canónico), o que todo lo que existe es el lenguaje, lo simbólico sin imagniario y sin real (construccionismo social), o que basta lo imaginario, sin simbólico y sin real, para hacer existir lo que queramos (coaching, psicología positiva, programación neurolingüistica, etc.). 

Así, la pregunta por la realidad exige reconocer cómo se articulan lo uno y lo otro, no esforzarse por eliminar lo uno o lo otro.  

John James Gómez G.



[1] Einstein, A. (1905). Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento. Teorema. Revista internacional de filosofía. Vol. 24, Núm. 2 de 2005, pp. 91-119. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=1254300
[2]Rovelli, C. (2018). El orden del tiempo. Barcelona: Anagrama. 
[3]Bréhier, É. (2011). La teoría de los incorporales en el estoicismo antiguo. Buenos Aires: Editorial Leviatán. 
[4]Livio, M. (2011).¿Es Dios un matemático?España: Editorial Ariel. 

sábado, 4 de mayo de 2019

Fragmento del texto: La transigoriedad. Freud, S. 1916. En: Obras Completas, vol. XIV. Amorrortu Editores, Buenos Aires. 1986, pág. 309. 

“El valor de la transitoriedad es el de la escasez en el tiempo. La restricción en la posibilidad del goce lo torna más apreciable. Declaré incomprensible que la idea de la transitoriedad de lo bello hubiera de empañarnos su regocijo.”

Comentario:

Es harto sabido que la revolución acontecida con la interred y el surgimiento del mundo digital erosiona nuestras posibilidades de contemplar lo sublime. No les digo nada nuevo. Al menos nada que no hayan constatado en su cotidianidad. 

Nuestra sumisión al llamado del Otro, que nos demanda permanecer antentos a los acontecimientos digitales, las redes virtuales, los correos electrónicos y los sitemas de comunicaciones instantáneas, nos ha robado el tiempo para comtemplar. Cuando parece que el tiempo “rinde más”, lo que constatamos es que ya no alcanza para nada. Nos “quemamos”, según se dice en los ámbitos de la “salud en el trabajo”, tratando de responder a las demandas de inmediatez y omnipresencia. A esa precariedad, marcada por la escasez de tiempo, ingenuamente le llamamos progreso.

Ni siquiera queda tiempo para percatarnos de la transitoriedad de la vida. Menuda ironía; cuando parece que podemos hacer muchas más cosas en mucho menos tiempo, olvidamos que la muerte acecha y que no somos sempiternos. No obstante, vivimos como si lo fuesemos, a fin de obedecer servilmente a otros que también son serviles; así constituimos una cadena de seres viles. Encadenados, nos entregamos al olvido de lo sublime por el acoso del ideal moderno de sobrevivir a las exigencias de la productividad y no morir en el intento. De allí que la única forma de mantenernos a salvo es lograr que nos paguen voluntariamente por lo que disfrutamos hacer sin necesidad de cobrar. 

Ante un panorama tal, es comprensible que la tristeza, la instrospección, la reflexividad y, sobre todo, la interrogación a quienes ostentan algún poder, sean posiciones subjetivas vistas como peligrosas e indeseables. Por tanto, inventar nuevos trastornos para nombrar esas posiciones permite disponer los medios para su control, garantizando así la reducción y la patologización de la contemplación. A ese paso, probablemente nos quedaremos sin poetas y las “obras de arte” se reducirán en su mayoría a esfuerzos de “youtubers” e “influencers” por ganar seguidores; otras formas del servilismo moderno. 

Así, la sensación de peligro ante la contemplación de lo sublime, en reconocimiento de nuestra transitoriedad, es tanta, que cuando se nos presenta la oportunidad de tomarnos un tiempo para ello surge una angustia a la que interpretamos como taedium vitae(hastío de la vida), para el cual se nos oferta un paliativo al que llamamos Smartphone, una modalidad digital de venda para nuestros ojos. De ese modo, en tierra de ciegos el tuerto es tomado por loco, como lo hizo notar H. G. Wells en su obra El país de los ciegos

John James Gómez G. 

¡Qué poca humanidad hay a veces en ese “gran espíritu científico”!

 “Se abre paso la vida con la misma terquedad con la que una plantita minúscula es capaz de rajar el suelo de hormigón para sacar la cabeza....