lunes, 11 de mayo de 2015


Fragmento del texto: “Análisis terminable e interminable”. Freud, S. (1937). En: Obras Completas, vol. XXIII. Amorrortu Editores. 1986. pp. 229 [Primera parte del comentario]

“¿Acaso nuestra teoría no reclama para sí el título de producir un estado que nunca preexistió de manera espontánea en el interior del yo, y cuya neo-creación  constituye la diferencia esencial entre el hombre analizado y el no analizado?”

Comentario:

¿Cuál sería ese estado que nunca preexistió de manera espontánea en el interior del yo y que sería introducido por la experiencia analítica, al que se refería Freud? Y ¿Cuál sería la diferencia esencial entre una persona que ha pasado por la experiencia analítica y una que no? Estas dos preguntas no pueden creerse superadas en nuestros días. De hecho, constituyen una interrogación constante a la práctica psicoanalítica, que de ser dejada de lado conllevaría la ilusión falaz de que se sabe con exactitud lo que se hace y cuáles serían los medios para conseguir un fin prefabricado, lejos de toda incertidumbre. Si algo podemos constatar pasados más de 100 años desde la invención del psicoanálisis es que, en efecto, la práctica analítica se trata del encuentro permanente con el no saber, con la incertidumbre, y del esfuerzo que implica aprender a leer en la dificultad, sirviéndose de la equivocación como modo de construir un saber inédito.

Sabemos que, en principio, la tarea a la que Freud se abocaba no era otra que el intento de erradicar los síntomas neuróticos. Incluso, si somos poco indulgentes, podemos reconocer esa misma aspiración en los últimos momentos de su construcción. Los textos escritos hacia el final de su vida lo atestiguan tanto como los primeros esbozos de su teoría elaborados a finales del siglo XIX. Es cierto que muchas cosas cambiaron y dieron grandes frutos en la medida en que Freud, enfrentando las dificultades de su investigación y las limitaciones que le imponía ser un digno hijo de su época, atado a las ciencias y a la moral sexual cultural de su tiempo, lograba dar pasos de gigante sirviéndose de todo su genio, allí donde muchos jamás pudieron siquiera asomar sus ojos. Negar el valor de su descubrimiento, así como su valentía, osadía y genialidad, sería algo tan absurdo como suponer por ello que todo lo que construyó carecería de falta alguna. Freud fue un hombre que vio al mundo más allá de los límites que su época le imponía, pero, en todo caso, no más allá de los límites que su propia condición como sujeto le imponía. Esto no demerita su descubrimiento; sólo da cuenta de que, al igual que todos los seres humanos lo estamos, Freud se encontraba limitado por una estructura del saber que es siempre no-toda.

Trataremos entonces de aventurarnos en el intento por encontrar algunas respuestas hechas como todas, a medias, acerca de las preguntas que hemos traído a cuentas a partir de la cita. 

John James Gómez G.

viernes, 8 de mayo de 2015

Fragmento del texto: “Acerca de la causalidad psíquica”. Lacan, J. (1946). En: Escritos 1. Siglo XXI Editores, 2ª ed. 2008. pp. 171. [Segunda parte del comentario]

“Lo que ocurre es que Alcestes está loco, y Molière lo muestra como tal, justamente porque aquel no reconoce en su bella alma que también él contribuye al desorden contra el cual se subleva.”

Comentario:

¿Por qué se insiste en el desconocimiento? La clínica permite constatar la pasión por la ignorancia, tal vez, la pasión por excelencia del yo; aquella por la cual está dispuesto a esforzarse tanto como sea necesario para desalojar todo indicio de su responsabilidad en lo que atañe al deseo. Si algo se desconoce es, precisamente, el deseo. Pero ¿por qué el deseo sería algo perturbador para el yo, al punto de no parar de trabajar, incluso de padecer, para deshacerse de él? Uno puede creer que nada haría más feliz a alguien que la realización de su deseo y, sin embargo, pocos están dispuestos a hacer lo necesario para aventurarse en el intento.

Sea como fuere, no hay que hacerse demasiadas ilusiones. El deseo es perturbador, precisamente, porque no hay nada que pueda colmarlo. Su estatuto es equivalente a la “singularidad” matemática propia de los agujeros negros que tanto misterio y curiosidad provocan en los físicos. De esa singularidad nada puede saberse, salvo que ella existe. El deseo es singular en la medida en que no puede generalizarse ni tampoco definirse como relativo a un objeto sensible. Es fácil decir “yo deseo”, pero eso no significa que se tenga alguna idea de lo que eso significa. Es por esa razón que resulta de suma importancia diferenciar entre el deseo y el anhelo. El anhelo se constituye en el modo como el yo fantasea y se regocija en las ilusiones, siempre imaginarias, de aquello que, según cree, le brindaría la felicidad. El deseo, en cambio, opera como esa singularidad que, al igual que en los agujeros negros, cuenta con un grado incalculable de atracción pero no llega a colmarse. Se trata de una imposibilidad, no se sabe lo que se desea precisamente porque no hay conocimiento posible de ello. Así, el desconocimiento del yo apunta a desalojar la perturbación que esa falta de garantía conlleva. Reconocer el deseo es reconocer la falta, cosa nada fácil de soportar. Por eso el anhelo tiene tanto valor para las ilusiones del yo, ya que allí puede resguardarse en la promesa de que habría la garantía de encontrar el objeto gracias al cual nada faltaría. Ese resguardo en la ilusión de garantía es el motor de su pasión por la ignorancia.

Desear es servirse del hecho de que puede reconocerse que hay una falta indefinible, no de la creencia en que habría un buen objeto o un orden del mundo que coincidiría de manera perfecta con las ilusiones y vanidades del yo.

John James Gómez G. 

lunes, 4 de mayo de 2015

Fragmento del texto: “Acerca de la causalidad psíquica”. Lacan, J. (1946). En: Escritos 1. Siglo XXI Editores, 2ª ed. 2008. pp. 171. [Primera parte del comentario]

“Lo que ocurre es que Alcestes está loco, y Molière lo muestra como tal, justamente porque aquel no reconoce en su bella alma que también él contribuye al desorden contra el cual se subleva.”

Comentario:

La locura de la bella alma radica en su desconocimiento de las implicaciones derivadas de que su deseo no es otro que ser el deseo del Otro. Este es un punto crucial por el cual la psicosis no necesariamente es la locura, ni la neurosis es necesariamente la cordura. La locura es ante todo el desconocimiento del lugar que como sujeto se juega en el lazo con los otros y, sobretodo, en cuando al propio padecimiento. Ese desconocimiento es más común de lo que pudiera creerse. Podríamos atrevernos sin temor a decir que es, muy probablemente, el sentido común mejor distribuido, pues pocos están dispuestos a interrogarse por el lugar que ocupan en aquello de lo cual se quejan; ni que decir de si están o no dispuestos a reconocer su posición en tanto agentes de su propio malestar, hay muy pocas probabilidades de que se advenga a un reconocimiento de tales magnitudes.

Llama la atención que en torno al tema de la locura Lacan se refiera a una “agresión suicida del narcisismo” (1946, pp. 172). ¿Qué querría decir con una expresión como esa? Uno puede suponer ingenuamente que el narcisismo, en la medida en que desde Freud es planteado, en principio, como el hecho de dar al propio cuerpo el estatuto de un objeto de índole sexual, no tendría otra finalidad que el placer. Pero no debemos olvidar que, muy a su pesar, Freud descubrió el carácter paradójico de la pulsión que bien puede encontrar la satisfacción en la propia autodestrucción. De hecho, es eso lo que señala, no sin preocupación, en el último párrafo de su texto “El problema económico del masoquismo”.

La locura tiene como consecuencia, precisamente, esa agresión suicida del narcisismo. Ese yo infatuado, fascinado en su identificación a un cierto ideal que lo definiría como un ser sin falta, completo en sí mismo, se considera a sí mismo la víctima de los desórdenes y las injusticias del mundo. Cree que él está en ese mundo para darle un orden que, según su fantasía, es bueno y coherente con su voluntad. Los demás serían, así, sus deudores, pues deben darle el reconocimiento ya que él sería el dueño de la "buena voluntad". No es necesario ser psicótico para tener una creencia como esta, pero a veces ella sí resulta más estridente en las psicosis en la meidida en que el mensaje retorna invertido de modo invasivo, como certeza delirante. En el caso de la locura del neurótico el mensaje retorna a través de lo que Lacan mismo llamó un “rebote social”, con el cual se golpea a sí mismo y a partir ello puede volver a quejarse de las injusticias del mundo del cual se considera víctima. Es un circuito constante, un ciclo de retornos de la locura que, por su insistencia en el desconocimiento y por sus ímpetus de sostener el ideal de un narcisismo sin herida originaria, padece como una agresión suicida de ese mismo narcisismo del que se sirve para "hacerse el loco".

John James Gómez G.

viernes, 24 de abril de 2015

Fragmento del texto: “Del psicoanálisis en sus relaciones con la realidad”. Lacan, J. (1967). En: Otros escritos. Editorial Paidós, Buenos Aires. 2012. pp. 372. [Cuarta parte del comentario]

“Lo que prueba la potencia de lo que llamamos procedimiento es que tampoco está excluido que el psicoanalista no tenga ninguna especie de idea acerca de él. Hay, al respecto, estúpidos: verifiquen, es fácil.”

Comentario:

Las expectativas en torno al psicoanálisis y su efectividad suelen incurrir en un error de principio sostenido en el ideal de bienestar que se apuntala en los cánones morales. Por esta razón, resulta difícil para muchos comprender de qué se trata esa experiencia, pues se desconoce la condición singular que la hace posible y, dado que es común el hecho de que siempre hay quien quiere hablar como vocero del superyó para los demás, – particularmente para quienes considera inferiores, enfermos o trastornados–,  se olvida con gran facilidad que solo aquel que se ha comprometido con esa experiencia está en posición de dar testimonio de ella y de juzgar sus efectos en torno al sufrimiento por el cual eligió analizarse y a su propia condición como sujeto. 

Un psicoanálisis no se trata de que la gente cambie para ser bueno en algún sentido moral. Hay quienes quieren juzgar la efectividad de un análisis por los cambios que ven, o que no ven, en una persona que se analiza; en otras palabras, juzgan la efectividad de la experiencia por la adaptación de la persona que va a un análisis a los ideales de quien se ubica como representante de los ideales, es decir, como alguna clase de juez moral. Esto pone en evidencia que la esperanza de esos jueces es que el psicoanálisis opere como un discurso de orden moral; sin embargo, el psicoanálisis no se ubica, -si es que se ha comprendido algo del discurso analítico-, en el campo de la moral, a pesar que muchos lo quieran usar como tal.

El psicoanálisis implica que alguien, si así lo elige, pueda reconocer el lugar que ocupa como sujeto deseante y como sustancia gozante, a partir de lo cual el yo deja de padecer el sentimiento inconsciente de culpabilidad derivado del esfuerzo por desalojar la responsabilidad que lo implica y por lo cual se ubica en relación al Otro como un alma bella. Si eso conlleva o no un cambio en cuanto a lo que los demás esperan de esa persona, es algo que no corresponde a la singularidad de la experiencia psicoanalítica.

John James Gómez G.

lunes, 20 de abril de 2015

Fragmento del texto: “Del psicoanálisis en sus relaciones con la realidad”. Lacan, J. (1967). En: Otros escritos. Editorial Paidós, Buenos Aires. 2012. pp. 372. [Tercera parte del comentario]

“Lo que prueba la potencia de lo que llamamos procedimiento es que tampoco está excluido que el psicoanalista no tenga ninguna especie de idea acerca de él. Hay, al respecto, estúpidos: verifiquen, es fácil.”

Comentario:

¿Qué garantía habría de que una persona que se llama a sí misma psicoanalista esté al tanto de las implicaciones que conlleva el procedimiento propio de la experiencia analítica? Plantear esta pregunta podría sonar escandaloso, por ejemplo, si olvidáramos que ex-siste lo inconsciente. Suponer que alguien está al tanto de lo que hace, y ni qué decir de la intención (e in-tensión) de sus actos, es por sí misma una idea ingenua. La intención y el sentido consciente suelen distar significativamente de lo que acontece en ese Otro escenario descubierto por Freud. Sin embargo no-todo pasa desapercibido para el yo, siendo así que cada cierto tiempo esa instancia que ni siquiera está al tanto de que ella misma es fundamentalmente inconsciente, resulta sorprendida por el retorno de lo que no cesa de insistir desde ese Otro escenario. No debe extrañarnos, entonces, la pregunta con la que iniciamos este párrafo, pues no necesariamente el psicoanalista estaría exento de esa sorpresa ni del desconocimiento de ese Otro escenario. Tal vez, incluso, sea algo más común de lo que muchos podrían imaginar.

Partir de la creencia en el enunciado: “soy psicoanalista”, no puede ser más que una ilusión falaz. No hay tal cosa como un predicado del analista. La identificación a ese significante como un ideal alcanzado en el lugar de un ser, pone al descubierto la búsqueda por taponar la propia falta. Identificarse a ese significante puede ser el modo de rechazar por completo la experiencia del inconsciente. Alguien podría defender “a capa y espada” esa identificación pero, de ser así, estaría intentando salvar el dolor proveniente de su herida narcisista; herida estructural por el hecho de que el Yo no  es más que una imagen ilusoria de totalidad. Si se ha asumido la falta en ser no habría porqué defender el ideal de un ser que no tiene más soporte que una ilusión, un fascinus obnubilante.

Cuando el analista es un predicado, el sujeto es anulado por retroacción. Es una operación ineludible, pues el sujeto queda fijado a una imagen, identificado por la cópula a la creencia en un ser y se rechaza, así, el supuesto de un sujeto que portaría un saber; se rechaza el acontecimiento del sujeto (symbama). Lo que ocurriría a partir de esa anulación del sujeto por la identificación con el ser de un predicado, sería la inhibición del despliegue de los desplazamientos por las cadenas significantes y con ello se obtura la hiancia que hace posible la aparición del sujeto del inconsciente. De este modo, paradójicamente, si alguien se identifica a la creencia de ser psicoanalista obturará la probabilidad de que se produzca el sujeto del inconsciente que constituye a la experiencia analítica.

John James Gómez G.

lunes, 13 de abril de 2015

Fragmento del texto: “Del psicoanálisis en sus relaciones con la realidad”. Lacan, J. (1967). En: Otros escritos. Editorial Paidós, Buenos Aires. 2012. pp. 372. [Segunda parte del comentario]

“Lo que prueba la potencia de lo que llamamos procedimiento es que tampoco está excluido que el psicoanalista no tenga ninguna especie de idea acerca de él. Hay, al respecto, estúpidos: verifiquen, es fácil.”

Comentario:

Una análisis no es un asunto que atañe a las relaciones del yo con el mundo, –aunque ellas hagan parte de lo que allí discurre en el decir de quien habla de su sufrimiento–, sino del sujeto con el lenguaje (parlêttre). Las entrevistas preliminares son el espacio para que esta introducción del significante en falta que hace al parlettre se ponga en juego. El psicoanalista, opera en función de hacer posible una experiencia en la que la queja del yo derive hacia la interrogación de aquello por lo que sufre desde su posición como sujeto del inconsciente.

En tal sentido un psicoanalista no empuja a nadie a un análisis, mucho menos si no se le ha dirigido una demanda. ¿Por qué un “psicoanalista” andaría por la calle "mandando a las personas a que asistan a un análisis”? Una cosa es que hable públicamente de psicoanálisis, es decir, de su teoría y de su práctica, como un modo de dar testimonio de su quehacer, otra, muy distinta, que suponga que su misión, a la manera de un mesías o alguna clase de redentor caritativo, sería la de enjuiciar a los otros diciéndoles “usted debería ir a análisis”. ¿De dónde provendría una derecho tal? Una cosa es hacer saber a otros que existe un lugar en el cual, si así se quiere, puede alojarse la palabra sufriente, otra, sentenciarlos diciéndo: “usted debería analizarse”, en caso tal, habla por su boca un feroz superyó. Claro está, siempre hay quienes usen la teoría psicoanalítica para intentar ejercer un poder moral sobre otros juzgando su manera de vivir o sus relaciones sociales, sus rituales, sus hábitos o cualquiera otra de sus prácticas cotidianas (a pesar que esos “psicoanalistas silvestres” crean que su juicio moral tendría el valor de una interpretación). Es claro que allí no se trata del discurso psicoanalítico, sino del uso de palabras tomadas de la teoría psicoanalítica para hablar en nombre del discurso del amo.

John James Gómez G.

viernes, 10 de abril de 2015

Fragmento del texto: “Del psicoanálisis en sus relaciones con la realidad”. Lacan, J. (1967). En. Otros escritos. Editorial Paidós, Buenos Aires. 2012. pp. 372. [Primera parte del comentario]

“Lo que prueba la potencia de lo que llamamos procedimiento es que tampoco está excluido que el psicoanalista no tenga ninguna especie de idea acerca de él. Hay, al respecto, estúpidos: verifiquen, es fácil.”

Comentario:

La gente asiste a un psicoanálisis esperando encontrar muchas cosas. Sin embargo, dado el caso que la cosa marche, entonces, se encontrará frente a su falta en ser, razón por la cual las cosas que esperaba encontrar pierden su sentido. Esto no deja de desilusionar a muchos, incluso, de aterrorizarlos, al punto que no es extraño ver cómo ante ese encuentro la mayoría prefieren retroceder, taponar la falta, intentar olvidar lo inolvidable. Es por eso que hay que tomarse en serio la demanda de alguien que dice querer analizarse. ¿Por qué alentar a alguien al encuentro con una falta? Esa, precisamente, me parece la cuestión que ocupa el centro de la práctica analítica.

La cuestión implica una pregunta por la ética en psicoanálisis que no puede confundirse con la ética del mercado. No se trata recibir a todos y buscar desesperadamente de que se queden, con el fin de acumular pacientes para hacerse un buen salario; si ese es el procedimiento, entonces, no hay lugar para la ética analítica. Alentar a alguien al encuentro con la falta implica el empuje a una pregunta que no necesariamente es requerida para que una vida se sostenga de un modo que sea soportable. No siempre quien acude a un psicoanalista, –entiéndase por esa denominación: alguien que devino en su análisis personal un analizante y, a partir de ello, presta su escucha para que otro, al hablar, haga ex-sistir la función "analista"–,  llega a analizarse, puesto que un análisis implica, justamente, la apuesta decidida por la pregunta a propósito de una causa perdida, esa pérdida que es causa del deseo y el goce.

John James Gómez G.

¡Qué poca humanidad hay a veces en ese “gran espíritu científico”!

 “Se abre paso la vida con la misma terquedad con la que una plantita minúscula es capaz de rajar el suelo de hormigón para sacar la cabeza....