viernes, 15 de agosto de 2014

Fragmento del texto: “¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis?. Freud, S. (1926). En: Obras Completas, vol. XX. Amororrtu Editores. 1979. pp. 172. [Segunda parte del comentario].

“No obstante, surgen algunas complicaciones que la ley no considera y por eso mismo exigen atención. Acaso se llegue a averiguar que en este caso los enfermos no son como otros enfermos, los legos no son genuinamente tales, ni los médicos son exactamente lo que hay derecho a esperar de unos médicos y en lo cual pueden fundar sus pretensiones.”

Comentario:

¿Desde qué lugar puede ejercerse el psicoanálisis? ¿Qué garantiza su ejercicio? ¿Quién autoriza a alguien a denominarse psicoanalista? Evidentemente no son preguntas sencillas de responder, incluso, bien vale la pena preguntarse si hoy, después de más de cien años de existencia del psicoanálisis, alguien puede responderlas.

En principio, el psicoanálisis, se trataba de una actividad destinada a los médicos. El fundamento para que así fuese no era otro que el hecho de que su praxis, inventada por Freud, había surgido al interior de la medicina, pues Freud mismo era médico. No obstante haber surgido allí, la clínica psicoanalítica rápidamente demostró cuan poco tenía que ver con la práctica médica, razón por la cual la formación en dicho campo no puede ser tomada como garantía. Y, como hoy sabemos, los médicos no son en la actualidad quienes ejercen en mayor número el psicoanálisis. Filósofos, psicólogos, literatos, antropólogos, músicos, entre otro amplio número de disciplinas, son aquellas de donde provienen la mayoría de psicoanalistas. Comprender este asunto solo es posible si no se pierde de vista que la formación del analista dista ampliamente de la profesionalización universitaria, pues al interior de  tales instituciones nada se garantiza salvo el aval jurídico para ejercer una práctica amparada en un trozo de papel, independientemente de la responsabilidad con que los graduados asumen la apuesta en la que, lo entiendan o no, se han comprometido.

Por su parte, Lacan intentó llevar las preguntas acerca de la formación del analista hasta sus últimas consecuencias, al punto de colocarlas en el centro del ejercicio intelectual del psicoanálisis. Respondió de maneras que algunos toman como imperativos categóricos que son repetidos sin cesar y sin saber muy bien en qué se sostienen, más allá del hecho de que hayan sido enunciados por Lacan. Sin embargo, tomarlas como imperativos categóricos las eleva al estatuto de voces feroces del superyó que están más del lado de la culpabilidad servil que de la responsabilidad subjetiva. Frases como: “El analista se autoriza de él mismo y de algunos otros”, se escuchan transitar sin reparo por las escuelas de psicoanálisis, mientras, paradójicamente, muchos de aquellos quienes se cobijan en el seno de dichas instituciones, esperan pacientemente la autorización que proviene del discurso del Amo, -usualmente encarnado por algún personaje de renombre-, que en muchas de ellas habita, muy a pesar que se profese a los cuatro vientos que allí se trata del discurso del psicoanálisis y no del discurso del Amo. No es difícil reconocer en lo extensa de la obra lacaniana, el lugar que jugaba la ironía en su discurso. ¿De qué manera tomar entonces tales enunciados sin suponer que se los comprende demasiado pronto ni hacer de la voz de Lacan una voz más del superyó?


John James Gómez G.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Fragmento del texto: “La Instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud”. Lacan, J. (1957). En: Escritos 1. Siglo XXI Editores, 2ª ed. 2008. pp. 484

“No por ello es menos cierto que el cogito filosófico está en el núcleo de ese espejismo que hace al hombre moderno tan seguro de ser él mismo en sus incertidumbres sobre sí mismo, incluso a través de la desconfianza que pudo aprender desde hace mucho tiempo a practicar en cuanto a las trampas del amor propio.” … “Lo que hay que decir es: no soy, allí donde soy el juguete de mi pensamiento; pienso en lo que soy, allí donde no pienso pensar.”

Comentario:

El tropiezo del pensamiento cartesiano estriba en hacer equivaler el pensar al ser, en una relación causal. Por mi parte, dudo tanto de que haya otro ser que el de la falta, como de que lleguemos a una cosa tan presuntuosa como pensar. Ya es bastante suponer que podemos leer y escribir para hacer inteligible lo ininteligible; lo cual es algo sumamente afortunado.

Ahora bien, hacer equivaler el ser al pensar, calificando al sujeto en la identidad con el adjetivo provocada por su cópula con el verbo ser, resulta en el desconocimiento del “Symbama”, palabra con que los Estoicos nombraban el sujeto del acontecimiento. Es cierto que al decir: “cogito ergo sum” (a causa de pensar soy) surge la bella ilusión de que hay una causa para el ser y que con ella puede suponerse que, de hecho, hay “ser”. Sin embargo, a pesar de tal ilusión, el ser no deja de deslizarse entre los dedos revelando que de él solo hay noticias por su falta, por su ausencia. Así, en caso que se tome al ser como equivalente al pensar, la aspiración a un conocimiento pleno intenta negar el sujeto del acontecimiento (symbama) que, en términos de Lacan, en su interpretación de Freud, podemos llamar también: “sujeto del inconsciente”.

El acontecimiento es precisamente aquello que sorprende por no entrar en el cálculo. Claro, es necesario considere que la repetición, para el Yo, tiene valor de acontecimiento. Ella lo sorprende precisamente porque el Yo, en su ilusión de pleno dominio de sí, en su falaz idea de que el pensamiento equivale al ser, es sorprendido cuando se revela de manera inminente su impotencia y su desconocimiento de aquello que lo habita. No es extraño entonces escuchar cómo, por doquier, siempre hay alguien que dice: ¿pero por qué, si pensé que esta vez sería distinto? ¿Otra vez a mí, pero por qué, no entiendo por qué me pasa esto? ¿Es que ya lo sé, pero aún así…? Todos ellas, interrogaciones que revelan el punto en el que el Yo pierde de vista que si algo del ser puede revelarse es, precisamente, cuando no se piensa y que cuando se piensa, nada del ser aparece. El ser falta siempre, pero solo hay noticias de su falta allí donde el sujeto del acontecimiento sorprende a las pretensiones del pensamiento.

John James Gómez G. 

lunes, 11 de agosto de 2014

Fragmento del texto: “¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis?. Freud, S. (1926). En: Obras Completas, vol. XX. Amororrtu Editores. 1979. pp. 172. [Primera parte del comentario].

“No obstante, surgen algunas complicaciones que la ley no considera y por eso mismo exigen atención. Acaso se llegue a averiguar que en este caso los enfermos no son como otros enfermos, los legos no son genuinamente tales, ni los médicos son exactamente lo que hay derecho a esperar de unos médicos y en lo cual pueden fundar sus pretensiones.”

Comentario:

El olvido de la particularidad de un oficio, es decir, de la disciplina llevada adelante por aquel que encuentra su pasión en un saber hacer en particular, como artesanía, incluso intelectual, parece inminente. La producción en serie, y entre ellas la profesionalización como ideal de inserción en la denominada vida laboral, nos muestra, cada vez con mayor fuerza, la ingenuidad de un sistema que deja de lado la pregunta por la ética en torno a la responsabilidad que vincula a cada uno con el deseo que lo habita, mientras promete competencias amparadas en un trozo de papel que solo puede  ser realmente útil si llega a servir alguna vez de alimento a algún roedor famélico. Una ingenuidad tal, solo puede sostenerse si se pierde de vista la lógica misma del deseo; ingenuidad que el discurso del capitalismo ha propiciado sin miramiento alguno hasta nuestros días.

El deseo no guarda su riqueza en la garantía de su realización, como prometen falazmente por doquier los chachos que saben engordar con el rechazo del saber que pulula en esta época. Se amparan, incluso, en el discurso capitalista, prometiendo a diestra y siniestra la "devolución de su dinero", otros prometen el cielo o el retorno al paraíso. La riqueza del deseo radica en el hecho de que, por ser siempre irrealizado, es indestructible. Sin embargo, una riqueza de tal magnitud resulta insoportable para el Yo del neurótico, que prefiere padecer haciendo equivaler lo irrealizado, a la insatisfacción (histeria), a la imposibilidad (neurosis obsesiva), a la prevención que atemoriza (fobia). En ese sentido, la neurosis es una solución errónea de la ecuación que daría cuenta de la lógica del deseo. Lo irrealizado del deseo implica que siempre hay la posibilidad de servirse de él, incluso cuando pareciera que no hay nada más en el horizonte y la angustia aparece como señal. Eso es, precisamente, la angustia, una señal de que hay deseo.

Por razones como estas, es vital no perder de vista que la ética del capitalismo se reduce a la demanda de servilismo, en la cual el sujeto es tomado como simple medio de producción o como producto en sí mismo, para lo cual debe cumplir con ciertos "criterios de calidad". Dichos "criterios" no son otros aquellos otorgados por ciertas "marcas", a las que, en el mundo académico, para poner un ejemplo, se les llama universidades, como si un trozo de papel pudiese garantizar los alcances a los que puede llegar el saber hacer de cada uno. La producción en serie triunfa, mientras el deseo, en serio, intenta ser desalojado. Quien se resiste a ser-vil, apuesta por la dignidad y resulta peligroso e indeseable. Quien no cumple con la ostentación de la marca que supuestamente lo garantizaría como producto, es desechado. La posición de quien ostenta el ejercicio del poder, entonces, es la del aplastamiento del deseo y de la dignidad del sujeto.

Es necesario que aquel quien recibe un título universitario pueda responder por aquello en lo que, supuestamente, ha comprometido su deseo, pero también es necesario que las instituciones superen los límites de su propia ingenuidad, basada en la creencia de que un trozo de papel es suficiente para garantizar el deseo de saber y el saber hacer del uno por uno.


John James Gómez G.  

viernes, 8 de agosto de 2014

Fragmento del texto: “La verdad surge de la equivocación”. Lacan (1952-53). El Seminario, Libro 1: Los Escritos Técnicos de Freud. Editorial Paidós. pp. 385.


“Lo propio del campo psicoanalítico es suponer, en efecto, que el discurso del sujeto se desarrolla normalmente –así dice Freud- en el orden del error, del desconocimiento, incluso de la denegación: esta no es exactamente la mentira, está entre el error y la mentira.  Estas son verdades de burdo sentido común. Pero –aquí radica la novedad- durante el análisis en ese discurso que se desarrolla en el registro del error, ocurre algo a través de lo cual hace irrupción la verdad, y que no es la contradicción.”

Comentario:

La ilusión de la plena conciencia de sí, ha sido, precisamente eso, una ilusión. Una esperanza amancillada por la existencia ineludible de Otro escenario, aquel que Freud, a pesar de la resistencia y el rechazo que los discursos dominantes de su época le imponían, supo leer y escribir por primera vez, situando su lógica al punto de llevarlo al estatuto de un descubrimiento. Ese Otro escenario es el de lo inconsciente, donde, muy a su pesar, la consciencia se revela como una cualidad minúscula de lo psíquico, que desconoce sus fuerzas constituyentes por fuera de todo ideal. Ese fue, sin duda, el mayor dolor al narcisismo causado por el descubrimiento freudiano a la humanidad, insoportable aún en nuestros días. El Yo no es amo en su casa y la consciencia no es su ente constituyente, razón por la cual su mayor locura radica en suponerse dueño sí mismo y de una identidad definida por la plena consciencia de sí.

Ahora bien, ese Otro escenario no está exento de causalidad y, por tanto, cuenta con leyes, es decir, claves de lectura que permiten dar cuenta de su lógica. Es por eso que el equívoco introduce un saber que está implicado en esa causalidad que es la materialidad del lenguaje. Freud lo descubre y logra establecer sus claves de lectura a partir de los principios lógicos de identidad y diferencia a través de los cuales pudó servirse de la condensación y el desplazamiento con el fin de articular los propósitos inconscientes de lo que denominó enlaces y falsos enlaces, expresiones muy comunes para las ciencias actuales gracias al uso que en ellas se hace de la topología, pero nada comunes en aquel momento del descubrimiento freudiano.

En este orden de ideas, y muy a pesar de los sueños de las teorías de la comunicación, la práctica más común es hablar sin saber lo que se dice. No se trata de algo malo o bueno, pues no depende de asuntos morales. Se habla sin saber lo que se dice porque no hay metalenguaje y, en tal sentido, hay una imposibilidad de limitar de manera absoluta los términos que definen las relaciones entre las palabras. Así, lo que llamamos significado, es la ilusión de suponer que, al hablar, podemos entendernos unos a otros, ilusión necesaria, por demás. Pero, si por otra parte podemos reconocer el valor que puede llegar a tener hablar sin saber lo que se dice, el valor de decir boludeces, entonces ocurre algo afortunado, se abre la puerta de un saber inédito del cual podemos servirnos. ¿Qué otra cosa podría ser lo que acontece en un psicoanálisis?

John James Gómez G. 

miércoles, 6 de agosto de 2014

Fragmento del texto: La ciencia y la verdad. Lacan, J. (1966). En: Escritos 2. Siglo XXI Editores, 2ª ed. 2008. pp. 828. [Segunda parte del comentario]

“Digamos que el religioso le deja a Dios la carga de la causa, pero que con ello corta su propio acceso a la verdad. Así, se ve arrastrado a remitir a Dios la causa de su deseo, lo cual es propiamente el objeto del sacrificio. Su demanda está sometida al deseo supuesto de un Dios al que entonces hay que seducir. El juego del amor entra por ahí.”

Comentario:

Desde que tenemos noticias acerca de la presencia de algún ser humano en la tierra, la pregunta por la causa ha estado en el centro la existencia. No sólo la suya propia, sino la del universo entero. Ningún otro motivo justifica con más fuerza todo lo que el hombre ha creado, desde el mito hasta el logos. 

Con el mito creó a los dioses a su imagen y semejanza, tratando de explicar cómo se introdujo el cosmos (orden) en el caos y qué movilizaba las pasiones (pathos) humanas. Incluso, con el triunfo de la moral romana en Occidente, la idea de un dios cristiano, al que se le asignó la imagen de Zeus, fue llevado hasta el punto de atribuírsele un amor asexuado y carente de toda pasión, con el fin de suponer que lo humano nada tenía que ver con lo sagrado y que debía renunciarse a esa humanidad para alcanzar el retorno al “padre”, aquel que, según el mito, al igual que Zeus, bajaba a la tierra a fecundar humanas. Entonces, resultó que ese dios tampoco podía prescindir de las pasiones humanas.

Con el logos, en cambio, la pregunta por la causa no implica, necesariamente, la presencia de un padre que por su voluntad haga entrar el cosmos en el caos. Se trata de encontrar la ley que está ahí en el propio universo, -habría que decir universo simbólico-, que puede ser leída y escrita. Fue ese el caso de Tales de Mileto, a quien se le concede el lugar de primer filósofo, y quien se propuso prescindir del padre como ente mítico que hacía de su voluntad la causa de todo orden posible, para dar paso a la pregunta por la ley que puede ser leída y escrita a partir del logos y que no requiere de la voluntad de algo exterior al propio orden. Ese cambio separó, ineludiblemente, al padre y a la ley. A partir de ese punto se hizo posible prescindir del padre a condición de servirse de él.

Es comprensible entonces que se conciba como valioso el interrogar el sentido de lo que llamamos "nuestra existencia". Sin embargo, es vana ilusión hacerlo si se parte del presupuesto de que, por definición, dicha existencia tendría algún sentido predestinado por Otro, sea cual fuere el nombre que se le otorgue. El anhelado sentido no es más que una invención; una respuesta al hecho estructural de que no hay más que falta de sentido y, como tal, es necesario asumir la responsabilidad de ello.

Sin embargo, asumir una responsabilidad acerca de la falta y del sinsentido constituyente, resulta sumamente difícil de soportar para el Yo, especialmente para el neurótico. Reconocer la propia vacuidad del sentido constituyente es asumir una herida narcisista fundamental, a saber, que no hay modo alguno de acceso a la verdad plena y que en ningún sentido lo que de ella deriva  podría corresponder con algún modo de ideal. Si la ilusión de unidad, incluso de identidad, sirve como sostén para el Yo es porque solo a través de dicha ilusión puede desconocer que está hecho de restos de imágenes con valor significante, así como de trozos de un cuerpo que poco tiene que ver con el organismo o con la maduración en el sentido natural.

John J. Gómez G. 

lunes, 4 de agosto de 2014

Fragmento del texto: La ciencia y la verdad. Lacan, J. (1966). En: Escritos 2. Siglo XXI Editores, 2ª ed. 2008. pp. 828. [Primera parte del comentario]

“Digamos que el religioso le deja a Dios la carga de la causa, pero que con ello corta su propio acceso a la verdad. Así, se ve arrastrado a remitir a Dios la causa de su deseo, lo cual es propiamente el objeto del sacrificio. Su demanda está sometida al deseo supuesto de un Dios al que entonces hay que seducir. El juego del amor entra por ah. ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽al deseo supuesto de un Dios al que entonces hay que seducir. El juego del amor entra por ahcio. Su demanda estr lo quí.”

Comentario:

La causa, que es al mismo tiempo la cosa, lo cual nos es indicado por su relación etimológica, es imposible de establecer salvo por el hecho de que reconozcamos su materialidad, entendida esta como materialidad del significante. Claro, siempre hay quien puede negarse a ello, olvidando que, algo tan “físicamente” material como la luz, solo puede ser situada en cuanto a su causalidad si se toman esos conjuntos de letritas y números, llamados fórmulas, por los cuales se puede encontrar que aquello que la explica no obedece a algo exterior al sistema mismo que la constituye.  

En ese sentido, si el sujeto puede dar cuenta de su causa, es decir, de la causa de su deseo, no es por otra vía que la del reconocimiento de su posición en la materialidad del significante que pone de manifiesto sus efectos por la división en la que se funda su ex-sistencia. Sin embargo, el Yo puede preferir abandonarse a su pasión por el desconocimiento y hacer equivaler dicha causalidad material a la voluntad de Otro que sería omnipotente, con lo cual el acceso a la verdad de aquello que lo constituye queda velada, sino, obturada. El lugar atribuido a Dios, o cualquiera sea el nombre con que se nomine a ese Otro, es el de un Amo que debe ser seducido, a través de la oferta de un sacrificio, para sostener la esperanza de que habrá un destino que no sea el de la muerte.

Por tanto, lo que llamamos historia, es la puesta en acto de la pregunta por la causa. Intento de leer y escribir la imposibilidad estructural de decir toda la verdad. El hecho paradójico de que la memoria no hace a la verdad y que ésta última solo se alcanza por vías torcidas, pues es imposible que sea dicha toda, corresponde a lo que Freud llamó trauma. Ello hace entrar en juego la probabilidad de que cada uno pueda hacer ex-sistir más de una historia. No se trata de los hechos denominados, comúnmente, objetivos, que determinarían un pasado y un destino; porque hay la probabilidad, la clínica es posible. Todas las historias probables que se manifiestan en el decir del analizante son susceptibles de hablar de la verdad del sujeto, incluso aquellas que se escriben de modo paradójico, sobre todo esas.

John James Gómez G.

sábado, 12 de julio de 2014

Escribo a continuación una excepción al estilo del blog. Pero la interrogación que la motiva, me parece más que justificada...

MORIR POR LA TIERRA PROMETIDA O EL HORROR EN EL NOMBRE DEL PADRE

Cuenta la leyenda que existió una época en que un dios, el alabado por los israelitas, hablaba. Sabemos que hace mucho no habla, al parecer, desde tiempos de Moisés. Según se lee en los libros, esos bíblicos relatos escritos por hombres en Nombre del Padre de la horda primitiva, -aquel que desterraba del paraíso, enviaba diluvios y plagas e incluso dictaba mandamientos-, que hubo una promesa conocida por todos sus hijos, también llamados: "el  pueblo elegido". No discutiré la intención de la elección, mucho menos el destino de la misma; no creo tener idea alguna de cuáles fueron los motivos de tal elección, y muy probablemente ni siquiera los mismos elegidos lo sepan con certeza. Sin embargo, esa elección no ha dejado de mostrar sus consecuencias.

Pero bueno, volvamos a la promesa. Claro, una promesa es siempre luz en el horizonte, más aún si se trata de una promesa de libertad. Pasaron 40 años, según dicen, errantes por el desierto, a la espera de que la promesa, finalmente, fuese cumplida. No perdían la esperanza, o al menos, eso nos han hecho creer. Y, al parecer, el Moisés al que Dios hablaba, -no el otro Moisés, el egipcio, también conocido como Amenhotep IV, luego llamado Akenaton, faraón que debió huir a causa de la persecución de su pueblo ante su creencia monoteísta, no, ése no, me refiero al otro, el israelita, llamado Moshè-, habría recibido el mandato directo del Padre, de llevar su "pueblo elegido" a la tierra donde la promesa de libertad se cumpliría.

Según dicen, Moshè, el Moisés israelita, era el encargado de guiarlos a destino. Un báculo era su fascinus, el signo de que Dios le había otorgado la potencia divina. Ya lo había exhibido ante los egipcios, convirtiéndolo en serpiente, haciendo sangrar las aguas y abriendo el mar en dos. No era poca la potencia; suficiente al menos para que la fe se extendiera por doquier en las almas de quienes veían en lo inexplicable la prueba de la existencia de Dios. A pesar de eso, algunos dudaban, y Moisés tuvo que desplegar su ira, en el Nombre del Padre y de sus mandamientos, para corregir el desvío de todos aquellos quienes osaron construir un becerro de oro para adorarlo. Moisés estaba decidido, Dios le había hablado y encomendado la misión de llevar a su "pueblo elegido" hasta la "tierra prometida".

Como no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista, antes de morir, Moshè, señaló con su dedo, como anticipando la escena de la creación de Adan que casi 3.000 años después, Miguel Ángel pintaría. Entregó a Josué su báculo y, con él, la potencia divina, así como la tarea de terminar el trecho que aún los separaba de la anhelada promesa. Según nos cuentan, Moisés no podía entrar en la tierra prometida. Era su destino morir al margen, exiliado, separado de la promesa, preso del destino divino. O, tal vez, simplemente, no estaba seguro de qué sería aquello que encontrarían en aquella tierra. Tal vez, Dios dejó de hablar en algún momento, y Moisés había perdido el rumbo. Tal vez, esa tierra a la que había apuntado con el dedo, era el lugar en donde sus ojos cansados veían, a lo lejos, su propia libertad; la de separarse de la promesa que, ya a punto de morir, no sabría si podría cumplir. Pero quién podía cuestionarlo, finalmente, ¿no hablaba acaso en Nombre del Padre? Finalmente, Josué aceptó la cesión de los derechos y llevó el "pueblo elegido" hasta entrar en la "tierra prometida".

¡Oh sorpresa! La tierra prometida no era tierra de nadie. Otros la habitaban hacía tiempo; otro pueblo la proclamaba suya. ¿Sería acaso también ese otro pueblo, un pueblo elegido? Pero, cómo podrían serlo, si entre ellos nadie hablaba en el Nombre del Padre. En cambio ellos, estaban seguros de que Dios había hablado a Moisés. Debían estar seguros, pues ya no estaba Moisés con ellos para preguntarle, para increparlo por la desilusión de que la tierra prometida fuese tierra de otros. ¡Qué importaba! Ellos eran el "pueblo elegido", y si esa tierra era el signo del amor del Padre, con el cual la promesa se veía realizada, había que estar dispuestos a matar o morir por ella. Sea como fuere, ¿no  es legítimo estar dispuestos a matar en el Nombre del Padre? Y, así lo hicieron. Y vieron que era bueno. Y, aunque no lo fuera, ¿no era bueno por el solo hecho de que lo hacían en el Nombre del Padre que los había elegido?

Han pasado 3.000 años y sabemos de las consecuencias. No solo las de hace unos días, con las que las cadenas de noticas se jactan captando la imagen más siniestra para vender pautas publicitarias que hagan engordar, gracias al rating, las billeteras de los chanchos capitalistas. No solo las recientes imágenes que deambulan por el mundo virtual, por los muros de Facebook, de Twitter, de Instagram, donde aquellos que se suponen a sí mismos personas de bien, seres humanitarios, creen que compartiendo las ominosas imágenes devendrán héroes salvadores de las víctimas de quienes matan en Nombre del Padre. ¡No! Las consecuencias van mucho más lejos. Son las de la reiteración perpetua del encuentro con la desilusión por la promesa no-toda cumplida, y el ejercicio de la muerte, esfuerzo de desalojo del otro perturbador, que pone en cuestión la fe en el Padre de la horda. Ira humana escudada en furia divina. Se mata en Nombre del Padre, y quien lo hace, ve en ello, estando ciego, algo bueno.

Y no ha de extrañarnos el horror que a través del Padre de la horda se revela. Cada vez que alguien se ha tomado a sí mismo por elegido del Padre, ha muerto por ello, o ha matado por ello. Desde el Moisés, Moshè israelita, pasando por el Dios encarnado en el hijo, crucificado a causa de sus hijos-hermanos, escenificando así el mito de la horda primitiva, pasando por las cruzadas, hasta Hitler, y hasta cada uno que, tomando su propio Yo como imagen individual del pueblo elegido, intenta desalojar, en Nombre del Padre, todo lo que resulte perturbador y ponga en peligro la tierra prometida, la ilusión de ser el-hijo, elijo, el elegido. Cada vez que alguien mata en Nombre del Padre, incluso, matándose a sí mismo, ve en ello algo bueno y, en ese instante, la pulsión de muerte triunfa y el horror amanece...

John James Gómez G.

¡Qué poca humanidad hay a veces en ese “gran espíritu científico”!

 “Se abre paso la vida con la misma terquedad con la que una plantita minúscula es capaz de rajar el suelo de hormigón para sacar la cabeza....