lunes, 17 de febrero de 2014

Fragmento del texto: “Tres ensayos de teoría sexual.” Freud, S. (1905). En: Obras Completas, vol. VII. Amorrortu Editores. 1979. Pág. 132. (Primera parte del comentario).

“[Agregado en 1915:] La investigación psicoanalítica se opone terminantemente a la tentativa de separar a los homosexuales como una especie particular de seres humanos.”

Comentario:

Esta cita corresponde a las primeras líneas de una extensa nota al pie agregada por Freud en 1915 a sus “Tres ensayos” de 1905. Como es sabido, se trata de un texto al que Freud realizó numerosas revisiones, incluso hasta finales de la década de 1920. La razón no ha de extrañarnos. Sus interrogaciones acerca del lugar de una sexualidad ampliada que no se restringe al coito y sobre la cual sería falso afirmar que sea natural, tanto como lo sería afirmar que es no natural. Esas interrogaciones lo llevaron a tratar de escribir lo imposible, a saber, el hecho que no hay encuentro posible entre la pulsión y el objeto en tanto complementariedad pues el objeto al que ella se encuentra fijado está perdido por principio. Ello, sumado al hecho de que la pulsión en sí misma es ya una desviación de lo que serían los fines naturales de la sexualidad, implica que se trata de algo que no puede someterse a reglas naturales generales y que es por estructura perverso, entendiendo que la palabra perversión refiere fundamentalmente a “sustitución”; cuestión central en el erotismo humano y no una cuestión patológica o anormal. Hay sustitución permanente de los objetos para el goce sexual porque no hay el buen objeto que sería apropiado para lo humano en sí. De igual manera, la pregunta acerca de cómo se inscribe el sexo en cada uno es algo que ocupó profundamente a Freud y lo llevó a percatarse de la necesidad, tal como también lo habría indicado Ferenzci, de diferenciar la posición del sujeto en relación al sexo de su elección de los objetos para sus modos de goce sexual. No es otra cosa la que Lacan intenta escribir cuando se aboca a formular sus “ecuaciones” sobre la sexuación, no sin que Freud hubiese logrado primero dar cuenta de que la inscripción sexual no tiene que ver con la oposición pene/vagina sino con la diada falo/castración y que no existe el buen objeto, originario y generalizado, para la pulsión. De allí que Freud señale que la pulsión es no anobjetal, es decir, que no es sin objeto pero su objeto no puede ser más que perdido y todos aquellos de los que se sirve no son sino sustitutivos.

A la luz de sus hallazgos, Freud no dudó en tomar posición respecto de cuestiones que, hasta el momento, eran signadas como aberraciones que debían ser erradicadas por no corresponder con la moral sexual que, históricamente, enfatizaba la finalidad exclusivamente reproductiva de la sexualidad, lo que conllevaba la suposición de la pareja “macho”-“hembra” como pareja complementaria. El psicoanálisis demuestra algo que, aunque intente velarse, resulta evidente para cualquier observador mediano, y es que dicha moral no tiene nada que ver con los acontecimientos propiamente humanos referentes al goce sexual.

Si Freud se pronunció negándose a que el psicoanálisis considere a los homsexuales como algún tipo particular de seres humanos, es precisamente porque reconoció que no hay tal complementariedad entre hombre y mujer, como tampoco hay un buen modo de gozar al que todos tendrían que adaptarse. Se percata que todo ello no es otra cosa que el intento moral de velar el punto más radical y real de la sexualidad humana.

John James Gómez G.

viernes, 14 de febrero de 2014

Fragmento del texto: “El creador literario y el fantaseo.” Freud, S. (1908). En: Obras Completas, vol. IX. Amorrtu Editores. 1979. Pág. 129.


“El jugar del niño estaba dirigido por deseos, en verdad por un solo deseo que ayuda a su educación; helo aquí: ser grande y adulto. Juega siempre a ‘ser grande’, imita en el juego lo que le ha devenido familiar de la vida de los mayores. Ahora bien, no hay razón alguna para esconder ese deseo. Diverso es el caso del adulto; por una parte, este sabe lo que de él esperan; que ya no juegue ni fantasee, sino que actúe en el mundo real; por la otra, entre los deseos productores de sus fantasías hay muchos que se ve precisado a esconder; entonces su fantasear lo avergüenza por infantil y por no permitido.”

Comentario:

El adulto guarda su fantasía sólo para sí, pues supone que al hacerla saber, será juzgado y rechazado por el otro, sin alcanzar a vislumbrar que ese otro del cual espera ese rechazo, padece también en silencio sus propias fantasías y su propio superyó.

Lo que diferencia a cualquier adulto, del poeta, y que hace que el primero mantenga su fantasía como agente de preocupación y la padezca como un pesado secreto, es precisamente que el poeta encuentra en su creación la posibilidad de poner de manifiesto aquello que el primero guarda desesperadamente. El poeta lleva su fantasía del plano imaginario a un plano de elaboración simbólica en el que pone su fantasía como un dicho por el cual el otro se siente llamado, y que representa ahora una forma de novedad. Dicho en otras palabras, lo novedoso de la obra del poeta estaría dado por el hecho de poner a hablar su fantasía, y no conservarla como agente mortificante. Eso siniestro que habla a través de su creación, servirá para que el lector encuentre un punto de identificación con el cual la mortificación causada por su fantasía, se vea en buena medida apaciguada; se genera así entre el poeta y el lector un nudo inconsciente.

Lo maravilloso de todo ello, radica en la extensa posibilidad que el “parlêtre”, ese ser que habla y usa letras, tiene de hacer a partir de aquello que lo horroriza, la base de un amplio capital reflejado en su producción cultural.

La inspiración del artista se funda sobre la posibilidad de mantener como legítimo lo inasible del deseo en que se sostiene su fantasía. Posición que, por demás, denota su destreza para hacer de lo imposible algo que puede ser escrito, de lo horroroso algo bello; así como el escultor en un trozo indefinido de roca puede ver la figura más preciosa y llena de detalles. Mientras tanto el neurótico que sufre tendrá que padecer su imposibilidad, allí donde la culpabilidad se impone como límite que lo separa de la responsabilidad de su deseo, esperando que en algún punto su fantasía se encuentre reflejada en el dicho de otro que ha encontrado la manera de saber hacer con lo siniestro que lo habita.

Sin embargo, no hay que hacernos ideales. No debe extrañarnos que, en ocasiones, el poeta sucumba ante lo insoportable de aquello que lo empuja a escribir y, en tales casos, el padecimiento puede devenir de manera igualmente siniestra. Así, no puede ser la sublimación tomada como modelo idealizado de una ética del bien decir, razón por la cual un análisis no consiste en devenir poeta.


John James Gómez G.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Fragmento del texto: “La pregunta histérica”. Lacan, J. (1955-56). En: Las Psicosis. El seminario, libro 3. Editorial Paidós. 1984.

“Lo que constituye el campo analítico es idéntico a lo que constituye el fenómeno analítico, a saber, el síntoma.”

Comentario:

Entre las diferentes formaciones del inconsciente, aquellas a las que Freud prestó la merecida atención, el síntoma tuvo, por principio, un estatuto fundamental. Es cierto que tal estatuto no deja en segundo plano al lapsus, al equívoco, al chiste, mucho menos al sueño. Sin embargo, el síntoma convocaba un acontecimiento singular, aquel por el que alguien que padece se dirige a otro con una demanda de curación. No debe parecernos extraños que Freud mismo haya expresado la sugerencia de evitar el furor de curar, si se considera que en la experiencia inaugurada por él, el síntoma implica que hay un “campo”, cuestión que no deja de enfatizar Lacan. Se trata de un campo, en el sentido de la física, disciplina en la que una noción tal se hizo necesaria para explicar los diversos modos de interacciones que se producen entre los cuerpos sin que haya entre ellos algún tipo de sustento que dé cuenta de contacto físico. La elección hecha por Lacan del título de uno de sus escritos: “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, indica precisamente que el campo en cuestión,  en el psicoanálisis, es el del lenguaje. Dejemos de lado por lo pronto "la función", que no es otra que la de la palabra en tanto función imaginaria del falo simbólico. 

El campo del lenguaje requiere de los movimiento de ciertas cantidades de energía y con ella de una “materialidad”, a saber, la materialidad del significante. Ese es el punto en relación con el cual el síntoma se sostiene. Esto implica una concepción del síntoma diversa a la de una manifestación subjetiva expresada por alguien acerca de la percepción que tiene de ciertos cambios que lo afectan acerca del algo que se consideraría "anormal". Se trata, en este caso, del síntoma en tanto modo de “interacción”; el síntoma como modo de lazo al Otro, sirviéndose de los otros en tanto objetos imaginarios para la satisfacción pulsional. En tal sentido su función puede ser, en efecto, la de sostener al sujeto allí donde es necesario que se dirija al Otro. Podríamos decir, incluso, que cuando se trata de la experiencia analítica, el punto donde el síntoma se revela no es aquel donde funciona sino donde algo de su función fracasa. El tambaleo del síntoma, interroga al Yo, le hace preguntarse acerca del sinsentido constituyente allí donde, otrora, creía tener “la sartén por el mango”. Se hace necesario entonces hablar del síntoma analítico, fenómeno que, si se produce,  hace existir el campo analítico. “Eso” (Ello) habla. Por tanto, el síntoma en el campo analítico implica, no que se suponga que se puede atribuir un sentido al síntoma, algún tipo de significado que explicaría su origen, sino, que se trata de tomar al síntoma, como al sueño, en tanto habla y que, a su vez, puede ser leído. Es así como se reconoce su estatuto sin apresurar algún tipo de intención de imaginarizar su sentido, sino, de situarlo en relación a los movimientos en el campo del lenguaje y por los desplazamientos significantes que lo sostienen. Por tanto, no basta evitar apresurarse a curar, es necesario, además, no apresurarse a comprender, pues un apresuramiento tal colmaría con sentido e implicaría silenciar lo que podría dar cuenta de los modos de interacciones que el síntoma constituye en el lazo con los otros, en el campo del Otro.


John James Gómez G.

lunes, 10 de febrero de 2014

Fragmento del texto: “Lo inconsciente”. Freud, S. (1915). En: Obras Completas, vol. XIV. Amorrotu Editores. 1979. Pág. 161.

“¿De qué modo podemos llegar a conocer lo inconciente? Desde luego, lo conocemos sólo como conciente, después que ha experimentado una trasposición o traducción a lo conciente. El trabajo psicoanalítico nos brinda todos los días la experiencia de que esa traducción es posible.”

Comentario:

Ya desde el año 1900, Freud presentaba su idea de lo inconsciente como un texto. Indicó en aquel entonces los mecanismos clave de su operación (condensación y desplazamiento) y se propuso la tarea de lograr una traducción de lo que, en los sueños, aparecía a manera de imagen que luego advenía como texto en el momento mismo en que se constituía como relato contado por el soñante. Dicho relato era considerado por Freud el “contenido manifiesto” del sueño y el trabajo de interpretación debía apuntar, entonces, a la traducción de su “contenido latente”. Así, tomó al sueño como modo princeps dentro del grupo de las formaciones del inconsciente y a la traducción de lo manifiesto a lo latente como modelo de la interpretación.

Luego, en el período de lo que se denominó su "metapsicología", Freud presentó nuevamente esta idea, a pesar de que se había encontrado con el obstáculo de que no todo lo inconsciente es reprimido y, por tanto, no siempre aparecen retoños que sirvan a los fines de alguna traducción y que, cuando alguna traducción parece posible, ocurre que siempre algo resta como intraducible. Ese punto en particular implicó un cambio radical en la concepción freudiana de lo inconsciente, que devino no-todo reprimido, y con él llegaron nuevos obstáculos para el trabajo clínico.

Así, un punto resulta fundamental de ser señalado y es, por lo pronto, al que me atendré en este comentario. Se trata específicamente del hecho de que el inconsciente sea no-todo reprimido, implica que no es propiamente traducible y que siempre quedará un resto intraducible. Pero, además, dicha traducción no es, ni siquiera, algo que pueda constituir propiamente un significado pues de ella siempre algo se deslizará hacia la imposibilidad de un sentido pleno. Si de algo es responsable Lacan en cuanto a la clínica psicoanalítica, es en haber devuelto el trabajo psicoanalítico a ese punto olvidado por los posfreudianos que, entronizando al Yo, habían caído rápidamente en la ilusión de un inconsciente plenamente traducible en cuanto significado, quedando así atrapados en el campo de lo imaginario y de los ideales. Dicho de otra manera, se habían alejado de la experiencia freudiana, olvidando el descubrimiento de lo inconsciente en cuanto no-todo reprimido, orientándolo hacia la adaptación a los significados idealizados, ocultando así que si algo revela aquello propiamente inconsciente,  eso pulsional, es que no se adapta y que de allí es, justamente, de donde es posible que el saber no sabido advenga, claro está, siempre incompleto.

Es así que la lectura que Lacan hace de Freud requirió no sólo de un retorno a lo más fundamental de su experiencia, sino también, una relectura de Freud sirviéndose de las claves que, entre otras cosas, la teoría de los incorporales que en la antigüedad propusieron los Estoicos, ofrecen. De los cuatro incorporales señalados en el Estoicismo Antiguo, todos ellos articulados claramente en el retorno de Lacan a Freud, el “Lekton” (expresable), permite dar cuenta de modo ejemplar de la imposibilidad que se juega en cualquier traducción. Un modo de aclarar el sentido de dicho incorporal sería entendiéndolo como “lo que el extranjero no puede entender”. Es decir, aquello que por no hacer parte de lalengua propia, resulta incomprensible y que, en muchas ocasiones, resulta intraducible; cuestión además evidente para cualquiera que haya intentado traducir un texto de un idioma a otro; no importa cuanto busque y se esfuerce, siempre algo se pierde en la traducción; algo restará. Pues bien, Lacan presta gran atención a ello y, además, lo lleva al extremo radical que Freud puso al descubierto con la experiencia psicoanalítica, a saber, que cada uno habla su lengua aunque se hable el mismo idioma que otros y, por tanto, el psicoanalista no debe suponer que entiende el significado de lo que el psicoanalizante dice. El psicoanalista es un “extranjero” en relación a esa lengua que el psicoanalizante habla. Más aún, el Yo en su modo consciente, que cree poder captar los significados de sus propios dichos, resulta sorprendido por el hecho constatable de que no es amo en su propia casa y que es un extranjero de sí mismo pues existe lo inconsciente. Por tanto, ni siquiera el propio Yo puede traducir por completo el texto de lo inconsciente que le es constituyente. El sentido siempre se desplazará de un lugar a otro y por tanto, a diferencia de lo que planteó Saussure, un significante no remite a un significado, sino que siempre remitirá a otro significante. 

John James Gómez G.   

viernes, 7 de febrero de 2014

Fragmento del texto: “Del uso lógico del sinthome, o Freud con Joyce”. Lacan, J. (1975). En: El Sinthome. El seminario, libro 23. Editoial Paidós. 2006. Pág. 16.

“El falo es la conjunción de lo que he llamado ese parásito, que es el pitito en cuestión, con la función de la palabra.”

Comentario:

El falo no es el pene, aunque ese apéndice que cuelga en algunos cuerpos, interrogue siempre, tal como Freud lo mostró, a todo aquel quien deviene sujeto. Interroga porque en la diferencia de los sexos se plantea, no la cuestión acerca de la oposición pene/vagina como modo de la diferencia anatómica sexual, sino, más precisamente, la dialéctica de la presencia/ausencia. No es otra cosa lo que puede plantearse y, sin embargo, de ello deriva el hecho mismo de que esa interrogación permanezca siempre en el horizonte, constatando su fracaso, una y otra vez. Cada uno se pregunta acerca de la presencia y la ausencia hasta el punto, casi absurdo, de intentar ocuparse de cosas imposibles como, por ejemplo, de qué ocurrirá cuando ese Yo, el que supone suyo, no esté presente en el mundo. El análisis muestra como las personas no dejan de preguntarse si acaso alguien sentirá su ausencia.

Es así que el falo apunta a otro lugar que es ubicable sí y solo sí se considera en su relación con la palabra y, particularmente, con la palabra hablada. Allí, la función imaginaria del falo se revela como intento de ostentar una cierta potencia. Cada vez que se abre la boca para decir algo, desde el grito hasta el ruego, aparece una demanda que se dirige a algún lugar y que espera alguna respuesta. Y Ello no para de repetirse. Es evidente que hay diferentes maneras de demandar y, sin embargo, la demanda siempre cuenta con un énfasis imperativo. Se demanda que desde algún lugar surja alguna respuesta. Es ese movimiento perpetuo de la demanda la que intenta ostentar una potencia que sea reconocida por el Otro y es justo por el hecho de que la respuesta que se recibe nunca satisface la demanda, que se prueba ahí su impotencia. En tal sentido, la función imaginaria del falo, expresada en la palabra en tanto demanda, da cuenta de su encuentro tanto con la impotencia, como con la imposibilidad. Aparece allí el punto mismo en el que se pone en juego aquello que Freud llamó “angustia de castración”.

La impotencia resta del hecho de no poder alcanzar la satisfacción de la demanda, bien la que viene como demanda desde el Otro, bien aquella que se dirige como demanda hacia el Otro. Cada respuesta deja caer sobre la demanda una inesperada falta de complementariedad y, así, no hay completitud alguna. Basta escuchar a los padres tratando de mostrar al chico la potencia de su palabra para darse cuenta de ello. Muy temprano el chico descubre que esa palabra que advierte, que amenaza y que reclama su-misión, no se colma con nada, sin importar lo que esté dispuesto a entregar o, también, a negar. Es posible ver también cómo en el descubrimiento de la falta de potencia plena de la palabra de los padres, el chico comienza a “juguetear”, tratando de someter a prueba las promesas, las advertencias y las amenazas de los adultos quienes, fácilmente, desesperan ante ello revelando así su impotencia.

La imposibilidad, por su parte, aparece en su relación con  el saber y con el decir. Lo inconsciente es su evidencia. Se invita al sujeto a que diga todo, pero se sabe que ese todo es imposible. Más aún, cuando ese decir se dirige decididamente hacia la verdad, se encontrará que la aproximación a ella se convierte en una asíntota. Es imposible decirlo todo y, todavía más, es imposible decir toda la verdad, no importa cuantas vías se use para tratar de enunciarla plenamente. Es en ese punto en que, muy a su pesar, el fatuo Yo se ve enfrentado al hecho de que es un extranjero de sí mismo. Puede entonces, tal vez, reconocer a partir de ese punto su desconocimiento y develar que, por su decir, la función imaginaria del falo, la palabra, abre paso al encuentro con la castración. Es a partir de ese punto donde algún saber nuevo, aunque siempre imposible en el horizonte de la verdad, puede advenir.

John James Gómez G.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Comentario del texto: “Sobre Psicoanálisis”. Freud, S. (1913). En: Obras Completas, vol. XII. Amorrotu Editores. 1979. Pág. 214.

“…el método psicoanalítico de indagación puede aplicarse igualmente a la elucidación de fenómenos psíquicos normales, y ha hecho posible descubrir la estrecha relación entre los productos anímicos patológicos y estructuras normales como los sueños, las pequeñas equivocaciones de la vida cotidiana y fenómenos tan estimables como los chistes, los mitos y las creaciones artísticas.”

Comentario:

Hasta el momento en que Freud decide abordar la vida anímica, las cuestiones de la vida cotidiana relacionadas con fenómenos en apariencia azarosos, como las equivocaciones, los lapsus, los chistes e incluso el arte, los mitos y los sueños, bien habían sido dejadas de lado como asuntos ajenos a cualquier interés de esclarecimiento o habían sido tratados, como en el caso de los sueños, desde perspectivas místicas y premonitorias. Se les consideraba dentro del marco de las ciencias de la época como exentos de causalidad; cuestiones fortuitas que no representaban interés alguno para el conocimiento en general o como una rareza de la sensibilidad humana que no ameritaba estudio riguroso de ninguna clase.

Freud se abocó entonces al estudio de tales fenómenos y encontró el modo de leer la causalidad que allí se juega. Desplegó el reconocimiento de un saber inédito que escapa a la consciencia cotidiana, pero que no por ello está por fuera de la razón ni de la causalidad. Y no se trata en este caso de la causalidad entendida en el modo eficiente, formal o final, sino, de la causalidad material. De esos cuatro modos planteados por Aristóteles, la causalidad material viene a iluminar la “psicopatología de la vida cotidiana”. No será la materialidad en el sentido de la “physis” (φύσις), ni del materialismo histórico llevado adelante por la perspectiva marxista. Se trata, en el caso del descubrimiento freudiano, de la materialidad que el lenguaje implica y de sus efectos sobre el devenir del alma (ψυχή) humana. 

Así, el punto de tal causalidad es descripto por Freud de manera magistral en muchos de sus textos pero, sin duda, ningunos otros tan fabulosos como: “La interpretación de los sueños” (1900), “Psicopatología de la vida cotidiana” (1901) y “El chiste y su relación con lo inconsciente” (1905). Sin tener aún en el contexto de las ciencias de su época una lingüística que le permitiera nombrar de manera precisa las leyes de esa cusalidad material que había descubierto, tomó prestados de la física y de la química, expresiones que bien le sirvieron para dar cuenta de su lógica, a saber: condensación y desplazamiento. Es sabido, desde Lacan, quien siguiendo a Freud da cuenta que el lenguaje es la condición del inconsciente y que éste último es la condición de la lingüística, que metáfora y metonimia vendrán a aparecer como las denominaciones más propias para aquellas dos expresiones iniciales adoptadas por Freud. Gracias a los estudios sobre las afasias realizados por Roman Jakobson, Lacan reencuentra en aquellos términos y sus lógicas las leyes que otrora Freud articuló como claves de la causalidad de lo inconsciente.

John James Gómez G.

lunes, 3 de febrero de 2014

Fragmento del texto: “El malestar en la cultura”. Freud, S. (1930). En: Obras Completas, vol. XXI. Amorrotu Editores. 1979. Pág. 75.

“La vida, como nos es impuesta, resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles. Para soportarla, no podemos prescindir de calmantes. («Eso no anda sin construcciones auxiliares», nos ha dicho Theodor Fontane.) Los hay, quizá, de tres clases: poderosas distracciones, que nos hagan valuar en poco nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas, que la reduzcan, y sustancias embriagadoras que nos vuelvan insensibles a ellas. Algo de este tipo es indispensable.”
Comentario:
La vida está marcada por la muerte. Ella coloca un límite, brinda la condición de finitud y, en tal sentido, es sentida con temor al punto de querer olvidarla. Claro está, no es esa la única razón de temor en la existencia humana, pero resulta crucial pues, por el lenguaje, la muerte mortifica el cuerpo aun cuando éste diste todavía mucho de llegar a su finitud. Es tal su fuerza que no deja de interrogar el sentido mismo de existir, siendo evidente el afán humano por sostener alguna ilusión que permita hacer soportables sus efectos. 
Así, el Yo, fascinado con su propia imagen en la que se embelesa con la ilusión de consciencia plena y total dominio de sí, no siempre logra soportar con facilidad la idea de su propia ausencia en el universo. No es extraño escuchar, cuando se trata de la experiencia que el psicoanálisis posibilita, que las personas se interroguen acerca del sinsentido que se pone de manifiesto en el hecho garantizado de que la imagen de sí, su Yo, dejará de existir y que ello está fuera de su control. Sin duda es algo de lo que todos prefieren desentenderse, tanto como de aquellas pequeñas cosas en la vida que recuerdan que, tanto como la muerte, la vida misma está fuera de la posibilidad de total control. Es el punto de una imposibilidad radical ante la cual no hay forma alguna de dominio pleno.
Distraerse de la vida es, entonces, un modo de desentenderse de la muerte. Es por ello que una época como la nuestra, cargada de excesos de imágenes que hacen creer en presencias perpetuas, acompañadas de velocidades informáticas que velan el carácter de la ausencia, no puede ser algo más que propicio para los padecimientos neuróticos. Difícilmente se soporta un segundo de espera. Se ha pasado de meses enteros en los que se debía esperar la llegada de una carta que viajaba en barco de un continente a otro, a personas desesperadas que no pueden soportar que sus parejas tarden un par de minutos en responder al “whatsaap” o cualquiera otro de los modos de ilusión de omnipresencia y ubicuidad actuales.
Debido a eso insoportable se trata de vivir como si se fuese eterno, lo que conlleva inevitablemente el aplazamiento del deseo. Vivir como si se fuese eterno, o incluso como vivir como si se estuviera muerto, hacen de la culpabilidad por el aplazamiento del deseo, el mayor padecimiento del neurótico.
El siglo XXI promete la felicidad, vía adormecimiento por medicamentos o drogas en general, o bien a través de la ilusión de presencias absolutas basadas en la tecnología, pero también, como ha ocurrido desde tiempos remotos, prometiendo la presencia eterna de un Yo que podría ir más allá de esta vida para retornar a la plenitud de un paraíso perdido. Y si no se es feliz o se siente algo de tristeza, sería porque se está enfermo, dice el sagrado manual de enfermedades (DSM V). Se rechaza así el no-todo, la angustia, la castración e, irónicamente, es imposible parar de preguntarse por qué la civilización parece cada vez más cargada de malestares, lo que ha puesto de moda todo lo que sea psicosocial o del tipo de una suerte de “psicosis-social.”
El Yo se entrega a los porvenires de ilusiones que sirvan de “quitapenas” pues no logra soportar lo imposible que retorna una y otra vez enfrentándolo a la angustia. “Hacerse el loco” parece la salida más práctica y sin embargo resulta la más padeciente. Sin embargo, se la prefiere antes que asumir cualquier responsabilidad que implique la pregunta por ese sinsentido fundante de la existencia.
John James Gómez G. 

¡Qué poca humanidad hay a veces en ese “gran espíritu científico”!

 “Se abre paso la vida con la misma terquedad con la que una plantita minúscula es capaz de rajar el suelo de hormigón para sacar la cabeza....